lunes, 12 de octubre de 2015

LA NINFA OSCURA IV



En la profundidad de las cámaras regentes blindadas del crucero estelar Tormento Crepuscular, una fortaleza móvil gigante con la forma de un disco elíptico de cristal oscuro de concentración de láser, empujado por el vacío con la fuerza de siete reactores de hipervelocidad en su popa, y que era la joya de la corona de la pequeña flota de combate que el señor de la guerra Sith Darth Jaké Nu Nobosi tenía a sus órdenes... allí, en la probable mitad, en todos los sentidos, de las dimensiones de la nave, se desarrollaban terribles acontecimientos de los cuales los ecos desesperados no hallaban escape a través de las superficies de paredes, suelos y techos, insonorizadas y aisladas herméticamente.
El propio Darth Jaké llevaba horas celebrando su festín de suplicios con esclavos y esclavas de la misma raza zeltron. Llevaba meses realizando su ritual con, exclusivamente, ejemplares de esa raza, tan llamativos en color de piel y cabellos, tan perfectos en la forma física, y tan embriagadores en olor, sobre todo las hembras. Incluso su sangre tenía una fragancia especial, debía reconocerlo, aunque quizá fuera el odio, o la satisfacción, o la ira, o simplemente que sus sentidos así lo reconocían realmente, mientras torturaba a esas decenas de infelices durante días, con una sola cosa en mente: la entidad súcubo Darth Syn.
La criatura, oscura de piel y mente, hacía mucho tiempo que se había convertido en un demonio que torturaba al longevo Nu Nobosi con la frustración de su deseo insatisfecho, pues llevaba muchos años anhelando poseerla, incluso desde antes de que Darth Syn gozara de ese título. Aún recordaba la manera en que se dedicaba a saltar y desaparecer, completamente desnuda, de uno a otro lado de los alrededores del Estadio de los Cataclismos de la luna que él mismo regentaba, su fisonomía de precoz puberta recortando la piedra verdosa de afiladas aristas del palacio, por aquí y por allá, siempre burlando a los maestros Sith más dedicados y dotados, rechazando siempre sus intentos de tutelarla para encauzar su increíble poder, y con el secreto propósito de convertirla en su nueva amante, durante tanto tiempo como le fuera posible.
Sólo en una ocasión se había atrevido, tan seguro de sí mismo como siempre había sido, a arrinconarla tras una persecución más larga de lo que hubiera esperado: se había abalanzado sobre ella y usando la Fuerza la había intentado someter de mente primero, y a través del dolor físico después, utilizando las corrientes eléctricas. Nada había servido, no resultó subyugada, pero a pesar de sus retorcimientos, se había decidido a violarla entonces, y ya estaba a punto de conseguirlo, cuando la pequeña preadolescente había estallado en un grito tanto en voz como en la corriente misma de la Fuerza. Un grito que taladró el cráneo de Lord Jaké Nu Nobosi y cuyo resultado, al intentar utilizar él mismo la Fuerza para protegerse, fue el estallido de su ojo derecho. Por el dolor y la derrota, por la humillación y la incredulidad, soltó a la niña, cayendo de rodillas ante ella, palpando con una mano el socavón reventado de su cuenca. Ella le había mirado con una sonrisa, y la cara y el pelo, y sus incipientes pechos desnudos, manchados con la sangre y la gelatina de su ojo perdido...
No volvió a intentar retener o dominar a la fiera homínida, aunque siempre había estado deseando esclavizarla y guardarla para ocasionales torturas ligeras, ya que nunca llegaría a ser su amante voluntaria y dócil, como habría deseado... El problema era que solo no era capaz, y quizá ni una división de buenos guerreros Sith podría derrotarla, pero con su exilio hacia las zonas imperiales de la galaxia, y la necesidad de silencio de todo el Imperio Sith puesta en peligro con su loca aventura, él había podido presentarse voluntario para eliminarla definitivamente, aunque su propósito era el de atraparla viva, obviamente... La oportunidad de poder usar todo su ejército para dominarla, como siempre había deseado, brindada por ella misma y su locura...
Y el rastro de energía de la Fuerza generado para arrasar una civilización les había indicado un probable lugar que investigar... Pero el explorador Sith que había mandado acababa de morir, lo había sentido, pese a estar sumido en su entretenimiento... El orgulloso zabrak no había resistido la tentación de lograrlo solo y ganarse el favor de su Lord Sith, Jaké Nu Nobosi, y solamente para verse extinguida la llama de su fuego oscuro había servido... Pero su muerte... su muerte era una señal, una bengala señalizadora en sí misma, pues no se pondría al descubierto uno de sus Sith exploradores, ni tan fácil eran de aniquilar, como no fuera todo ello a causa de su deseada Darth Syn.
Nu Nobosi podía imaginarla mientras de alguna manera sentía su placer, el cual creía que ella le estaba restregando, para mayor humillación. La veía retozando ensangrentada y victoriosa, imbuida de lujuria y sedienta de ese esclavo suyo que a todas partes llevaba para poder fornicarse, su querido zeltron. La imagen era tan nítida que la sed de sangre de Jaké aumentó con su ira despechada, y dejó de desollar con la telequinesis de la Fuerza a todos esos esclavos, mientras los aplastaba unos contra otros con gravedades multiplicadas, decidiendo arrancarles a todos, hombres y mujeres, sus genitales de cuajo. Todos los órganos salieron despedidos en todas direcciones, salpicando las estancias privadas interconectadas del Lord Sith, mientras de los cuerpos manaba a borbotones la sangre por los innumerables vasos sanguíneos arrancados...
Darth Jaké Nu Nobosi se tocó la tapa metálica que le servía de parche a su ojo derecho: le picaba desde dentro, casi como si se lo estuvieran hurgando.

Lord Darth Vader tuvo que esperar un poco antes de ser recibido en el aposento del Emperador Palpatine, a bordo del Destructor Sombra 52. Cuando las puertas se abrieron, Vader descubrió que de la cámara salían dos seres humanoides que parecían padecer el mismo degenerarse de su físico que el Emperador. Vader nunca había tenido claro si el aspecto de su señor era resultado verdaderamente de heridas causadas por electricidad o si ese era, más bien, su verdadero aspecto, tras quién sabía qué cuantía en siglos de existencia. O quizá pertenecía a una raza distinta de humanoides. Esas extrañas personas parecían sugerir esto último, pero dejó el tema a un lado, cuando escuchó a su señor:
—Adelante, Vader, ¿a qué debo tanta insistencia para apartar mis debidas ocupaciones?
Vader notaba que, desde que el Emperador fuera nombrado como tal, y tras salvarle a él la vida en aquel planeta en llamas, su señor le trataba con cada vez más distancia, como para hacerle saber cuál era su sitio en el nuevo Imperio: a su derecha, pero debajo, no a un lado.
—Mi señor —empezó Vader pausadamente, arrodillando su pierna derecha, ante los escalones que ascendían hasta el asiento del señor oscuro—, me temo que un poderoso Jedi oscuro ha fijado su atención en vos.
— ¿Un Jedi oscuro, dices? Amigo mío —continuó el Emperador, soltando una ligera risita, de manera condescendiente—, me temo que no hay más Jedis oscuros que los que veas en los espejos... ¿De dónde sacas tales ideas?
El emperador no parecía de buen humor, simplemente se burlaba, y ya le interrogaba con severidad. Pero Darth Vader no se inmutó. Volvió a hablar, con su misma voz grave, tranquila y pausada, sin moverse lo más mínimo.
—Una mujer. Ha hecho trizas la mente de un soldado imperial, y le ha hecho memorizar un mensaje para nosotros. Dijo que...
    — ¿Vas a creer las palabras de un loco? ¿De un negligente soldado del Imperio que se ha envenenado de la radiación del planeta de los wenklyt? Quiero saber qué pasó para que desaparecieran, qué provocó las explosiones, no que me cuenten cuentos de hadas del espacio profundo...
El emperador ya rugía las palabras, en lugar de hablarlas con su clásico tono vibrante y autocomplaciente.
—Mi señor —continuó Vader—, permitidme que os indique que haríais mal en dudar de mí. He penetrado en esa mente, y lo que he visto ahí... eso no es posible, nunca he visto una mente humana programada para su muerte a ese nivel. Naturalmente es imposible padecer ese mal de la conciencia. Es la mano del Lado Oscuro, la que nos ha escrito este mensaje. Y es una mano poderosa.
—Dime, mi temeroso amigo —le animó el Emperador, con más burla que condescendencia—, ¿cuál era ese mensaje?
—Una mezcla de palabras y sensaciones, de recuerdos... cosas que ese soldado, ni nadie, debería saber... Dijo que recibiríamos el justo juicio de la Fuerza, una... ¿venganza de la Fuerza? Y también dijo que sabía cuanto había hecho, que sabía lo de Padmé... su mente me hizo volver a verla... casi... casi la había olvidado...
—Mi querido amigo —el Emperador puso su mano en su hombro izquierdo. Había aparecido junto a él, pero Vader no le había visto descender los escalones, y ni siquiera levantarse de su asiento—, te veo maltrecho. Siento que dices la verdad, y que verdaderos son esos hechos que tomé por meras elucubraciones... No sé de qué puede estar hablando esa mujer de la que te habló ese soldado, pero juntos hemos extinguido a los Jedi, y todo su legado... Una más, por poderosa que sea por el Lado Oscuro, no es rival para nosotros...
El Emperador se puso ante él y le hizo gesto de ponerse en pie con su mano diestra. Vader le miró desde su mayor altura. No le veía los ojos, pero sus labios pálidos se estiraban en una sonrisa torcida que dejaba entrever los dientes amarillos.
—Nadie puede derrotarnos, no mientras permanezcamos juntos...

Darth Syn se tomó su tiempo tanto en saciarse de su esclavo como en asearse antes de decidirse a abandonar la posada. El dueño, un colono de la raza wentklyt, había llegado a la entrada de la habitación muy nervioso y callado, no sin dejar de pedirles al resto de clientes que no se asomaran por las puertas y cerraran bien las habitaciones. Su turbación se volvió verdadera sorpresa al ver los cadáveres destrozados de los atacantes, pues no recordaba en absoluto que nadie hubiera pasado con esas armaduras y armas. Y tampoco recordaba haber alquilado la habitación desde el interior de la cual le miraba con total inexpresividad ese humanoide de roja piel. En ese momento, del aseo surgió una mujer de piel cenicienta, de un extraño brillo gris allí donde la alcanzaban los escasos rayos de luz solar a través de las cerradas mamparas. Seguía completamente desnuda.
—Mi ama, creo que... —empezó a decir Ank Sinuk, señalando hacia el posadero.
—Limpia este estropicio... —le ordenó al posadero, y añadió: —. Y sirve esta carne en el menú, aprovechando cuanto puedas, hasta que no quede nada. Seguro que hasta los huesos los querrá alguna especie alienígena que esté de paso...
—Limpiaré el estropicio y serviré la carne —masculló el wentklyt con el rostro repentinamente neutro, y volvió por donde había venido, en busca de útiles de limpieza, presumiblemente.
— ¿Con qué frecuencia me hacéis a mí eso mismo? —preguntó Ank Sinuk con algo de diversión en su voz.
—No debe preocuparte, no produce mayor secuela que una amnesia permanente respecto al hecho mismo. Manipular la mente, igual que todo lo que uno hace influyendo en la Fuerza, sólo tiene secuelas para mí. Por eso hago lo que hago, mi amado esclavo...
Mientras hablaba, Darth Syn rechazaba con un leve gesto de su mano el vestir de nuevo las negras prendas muy propias de una bailarina twi'lek que le ofrecía el zeltron, y optó por no hacer más que pasar sus brazos por dentro de las mangas de su vieja túnica negra de Sith. Confuso tanto por sus palabras como por su negativa a vestirse, Ank Sinuk la animó a explicarse:
— ¿Os... referís a vuestra actual campaña, mi señora?
—Claro. Un Jedi del Lado Luminoso entra en simbiosis con los poderes de la Fuerza... Ninguno sirve realmente al otro, más bien son como las dos partes de un matrimonio no muy bien avenido, partes que en ningún caso se atreven a discutir por miedo a empeorar las cosas... Pero un Jedi Oscuro, como debe ser, se enfrenta a las fuerzas de la naturaleza y por extensión a la Fuerza. Cada vez que pliego la Fuerza hacia mis designios, corro un riesgo —Darth Syn extendió su mano derecha ante ella un momento, antes de cerrarla en un puño tenso y poderoso—. La Fuerza no se llama así por casualidad, ¿sabes? Es un peso, el peso del Universo, y cuando tienes la capacidad de tirar de él y hondearlo como un arma puedes verte arrastrado por la misma energía que intentas utilizar. Hay Sith, muchos... ¡la mayoría!, que saben que la Fuerza les mataría y no van más allá. Traicionan así la filosofía Sith y la naturaleza misma de la Fuerza, que es la obtención de un poder cada vez mayor. El control...
—Sin desear faltarle al respeto, mi ama; no entiendo aún qué tiene eso que ver con el centralizado Imperio Galáctico... —se atrevió a interrumpirla Ank Sinuk, observando a su señora Sith con auténtica curiosidad y genuina devoción.
—El regente del Imperio no sólo tiene la desfachatez de abandonar el estudio de la Fuerza por su obvia incapacidad, sino que se ha atrevido a destruir a los antiguos enemigos de los Sith mediante un infame y cobarde plan de traición, valiéndose además del favor de los bienintencionados ciudadanos de la que antes era la República. No sé si puede haber algo que deshonre tanto a la Fuerza, a la filosofía Sith, e incluso al sentido común, como lo han hecho los desaires de control ilusorio de Darth Sidious. Él no ama la Fuerza, y es más, si por él fuera dejaría de ser perceptible a toda criatura viva. Por eso debe morir —la mujer se detuvo un momento tanto físicamente, bajo el quicio de la puerta arrancada, como en su discurso, y volviendo la mirada detrás de sí, por encima de su hombro derecho, añadió: —. En realidad, en cuanto haya nivelado ese agujero negro de Fuerza que se ha establecido en el centro del Imperio Galáctico, iré directamente contra todo el Imperio Sith de la Región Desconocida.
Ank Sinuk se agitó un momento nervioso, tras detenerse al hacerlo su ama y escucharla decir aquello.
— ¿Por qué haríais eso? ¡Es... una tarea imposible de acometer con esperanzas de éxito!
El zeltron ya estaba bastante preocupado por su ama con su contemporánea aventura, saberla en la futura le llenaba el corazón de desolación por el horror de imaginarla derrotada, muerta, de la más cruel de las maneras. Sentía odio, como en muchas otras ocasiones, por tenerle a él en tan poca consideración... Sí, era un esclavo, pero ella, pese a tenerle en eterna servidumbre, nunca le había tratado con nada peor que la condescendencia que se le pueda tener a un mayordomo asalariado del que no se espera una colaboración mediana respecto a ningún asunto. Y sin embargo, o quizá en parte gracias a ello, el amor, por paso de años de complicidad a todos los niveles, se había convertido en algo tangible pese a no manifestarse nunca en palabras de ninguno. Ank Sinuk, sin embargo, no era capaz de compartir el estresante desapego que Darth Syn profesaba cuando su mente era ocupada en tareas más... trascendentes, a su retorcido juicio. Él era abandonado durante largos periodos en los que temía no volverla a ver nunca más.
—Salgamos —fue cuanto dijo Darth Syn, reanudando el paso.
El esclavo la siguió sin insistir. Recorrieron la posada, sin que se escuchara ni el sonido de pasos nerviosos ni el leve rumor de voces desconocidas y alienígenas cuchicheando en el interior de las estancias cavernosas. La túnica de Darth Syn, delante de él, se movía con tal ligereza que parecía vacía, desplazada en posición vertical por una suerte de viento sobrenatural, una sensación que aún resultaba más extraña al verla bajar las amplias escaleras hacia el vestíbulo. Cuando llegaron abajo, el posadero colono de la raza wentklyt aguardaba paciente, o quizá era mejor decir indolente, a que ellos despejaran el paso para subir con sus rudimentarios utensilios para limpieza. De igual modo que parecía no haberles visto cuando llegaron a instalarse días antes, ignoraba en ese momento la ocasión de reclamarles el pago de su estancia, todo ello por influencia del poder de su ama, como había visto tantas veces antes. La vida estaba libre de la totalidad de las pequeñas interacciones con toda clase y raza de personas en la vida de Darth Syn, y por extensión en la de Ank Sinuk. Su señora era muy poco gustosa de ello, pudiendo decirse que su esclavo era en realidad la única persona con la que se relacionaba de un modo que no tuviera por finalidad la muerte.
No estaba al corriente del tipo de vida que llevaría su amada ama antes de que su señor Sith Norka Tabún muriera a sus manos durante su singular asalto al pequeño castillo del Lord. Darth Syn había llegado allí, sin nombre ni anuncio, arrasando con los portones a base de un uso desmesurado de la Fuerza, y aniquilando a los esclavos y guardias de Lord Tabún con sus propias armas, tras arrebatárselas con asombrosa destreza y facilidad durante el combate. En ese momento, y en adelante por lo que él mismo llevaba visto, Darth Syn no disponía de la ritual y devastadora espada láser de los Jedis oscuros. Y cuando llegó a la sala de concentración de poder de Norka Tabún, a la derecha de cuyo asiento permanecía arrodillado e inmóvil, que no tranquilo, Ank Sinuk, su señor se puso en pie con la furia rezumando llamas de sus ojos de humano, volviéndose por entero una masa informe de holgados ropajes oscuros alrededor de la cual se sacudía con irresistible violencia el haz láser rojo de su arma.
Ank Sinuk cayó de costado siguiendo con la mirada a esa cosa antinatural que aullaba como una bestia gigantesca y moribunda mientras rodaba por la sala buscando la muerte de la intrusa. Nunca había visto a su amo Sith desplegar tanta furia, y pese a ello resultar tan poco efectivo. Tanto era así, que la desconocida de piel oscura, descalza y apenas cubierta por una suerte de manto negro, quizá improvisado, no dio más de dos largos saltos evitando a la forma acelerada de su amo, sin dejar de mirarlo, antes de lanzarse ella misma contra él a la carrera, en lo que a Sinuk no le parecía otra cosa que un verdadero acto suicida.
Contrariamente a lo que él esperaba (ver partida a la mitad a la chica de alborotados cabellos plateados), la densa forma de mantos negros aleteantes se dividió abruptamente, como si la esfera que simulaba poco antes hubiera quedado separada en dos hemisferios. Los montos de ropa negra saltaron en opuestas direcciones junto a estelas de sangre y trozos humanos, por todas partes. Y en el lugar de la explosión había permanecido ella, sonriente, aterradora, los brazos alzados ante sí, un poco flexionados, las palmas hacia delante, sin duda la forma en que había proyectado la Fuerza con esas consecuencias. Y aunque le perdonó la vida y le llevó consigo, y le permitió compartir lecho, y sus vidas quedaron ligadas a una existencia en común en cierta forma, esa extraña y breve batalla no había dejado de repetirse durante el sueño de Ank Sinuk durante bastante tiempo, atormentándole. Pero sólo hasta que fue testigo de nuevas matanzas, a cual más horrorosa, que la sustituyeron en sus pesadillas, al tiempo que en la vigilia crecía su adoración sincera a la joven asesina Sith.
Y ahora, siguiéndola como si ya fuera un espectro vacío, un espejismo de la desconocida que le aterrorizó tanto tiempo atrás, la seguía por entre los amarillos árboles, sus hojas moradas y alargadas sacudiéndose alrededor de sus cabezas al son de la brisa que parecía empujar hacia ellos el sol del atardecer, que por culpa de una extraña mezcla de gases en la atmósfera superior, se estaba volviendo ligeramente verde mientras caía hacia el horizonte.
Ank Sinuk no tenía ni idea de qué era lo que buscaba Darth Syn adentrándose en el bosque que rodeaba el pequeño asentamiento de paso, pero enseguida llegaron a un claro en mitad del cual una especie de gema enorme de perfil elíptico se mantenía suspendida en el aire por un campo repulsor como el del más común de los deslizadores. Era de un cristal negro y pulido, y en verdad parecía nada más que una gran piedra hasta que Darth Syn hizo un gesto descendente con su mano izquierda y la hizo abrirse en su mitad, separándose en una suerte de puente extensible por el que podía subirse al interior cómodamente desde ambos lados de su longitud.
Darth Syn se detuvo junto al interior abierto y se volvió hacia él, echando atrás la capucha de su túnica.
—Aquí nos despedimos de momento, Ank Sinuk. Sé de sobra que sabrás perderte por ahí hasta que regrese a ti... —le anunció, dotando a su voz de un histriónico tono cariñoso, pero con una expresión terriblemente lasciva.
—Esto... ¿es una nave? —preguntó Ank, verdaderamente confuso, palpando la superficie de cristal.
—En esto ha llegado ese zabrak y sus putitas... Conozco bien al dueño de la flota de naves acorazadas con este material... Los Sith deben haberle mandado a matarme, o quizá sea mejor decir que él se ha prestado voluntario a darme caza. ¿Ves por qué debo matarlos a todos, mi esclavo? No te haces una idea de hasta qué punto ya no saben ver en el interior de ellos mismos y sus iguales. La Corte Sith ha perdido su sentido: el miedo, la precaución, limita a todos, nadie sigue los preceptos con los que predican. Nadie se atreve a medir su poder contra el de los demás, por miedo a caer, ya sea en la muerte o la servidumbre, y por eso mismo llevan tanto tiempo evitando a la Antigua República y evitarán siempre al Nuevo Imperio. He servido a la Fuerza desde que tengo memoria, me he convertido en una extensión de ella, tanto que ya soy yo la Fuerza, y por tanto ahora me sirvo de ella, como nadie puede hacerlo. Tú lo has visto, mi amor —Darth Syn se acercó a él, pasando ambos brazos alrededor de su cuello, pegando su cara a la suya, mientras seguía hablándole en susurro meloso—. Pase lo que pase sé que tú eres testigo de mi poder, de todas mis victorias, y aunque no necesito nada ni a nadie, a ti quiero necesitarte. Y te amo porque sabes lo que soy, y me amas. Y aunque tienes miedo y me odias al tiempo, nunca lo dices. Pero esto no terminará, mi querido Ank Sinuk.
Darth Syn arreció su abrazo, apretándose por entero contra él, tanto que el esclavo se estaba excitando de nuevo, irremediablemente. Pero ella se separó, y puso un pie descalzo sobre la mampara de la nave. El sol verde hacía resplandecer las puntas de sus cabellos plateados, pareciendo que despedía un aura de poder, y sus ojos brillaban más blancos que nunca al volverse a mirarle, ya de pie en el interior.
—Pero esto no terminará, mi querido Ank Sinuk —repitió, esta vez en voz alta—. Verás que soy la Fuerza en vida, y ya no permito más que me utilicen como una piedra en el puño de un primate.
Y a otro gesto de su mano la nave volvió a unirse en su mitad, encerrando a la mujer, causándole la extraña sensación de que ese, el interior del extraño y gigantesco capullo de cristal, era el lugar al que pertenecía esa criatura única e infinitamente poderosa que era su querida ninfa oscura.

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