domingo, 11 de octubre de 2015

LA NINFA OSCURA I



Los informes de  superficie habían sugerido que un bombardeo a escala global había no solo erradicado toda vida en el planeta, sino convertido todo ello en inhabitable para cientos de años por la  radiación. Tropas de asalto con gruesas armaduras de protección de ambientes, que les hacían parecer desproporcionadamente obesos, mellaban el árido desierto de polvo y escombros pulverizados. Cincuenta pelotones, desembarcados en diferentes puntos del planeta, buscaban un indicio del tipo de ataque y su causa. La superficie de las blancas corazas se tornaba paulatina e inexorablemente de un amarillo oxidado, devoradas por la radiactividad.
Cada pelotón iba acompañado de cuatro caminantes imperiales ligeros AT-ST, ya que, aunque la exploración desde el espacio no revelaba actividad ninguna, se tenía por muy probable que aquel fuera el escenario de una trampa. No eran pocos los sistemas que habían empezado a enfrentarse al Emperador, de maneras más bien desesperadas y completamente desorganizadas; pero la desaparición de toda la raza wentklyt, humanoides esclavistas de tecnología algo anticuada pero ideales xenófobos muy afines a los del Emperador, no podía ser otra cosa que el resultado de un planeado ataque de merma de recursos del Imperio.
Una de las patrullas había empezado a internarse en el territorio sobre el que se había erigido una de las fétidas, y sobrecargadas por la industria, ciudades de los wentklyt. Prácticamente todo asentamiento de aquella raza había sido construido como una factoría, y cada barrio de la ciudad se diseñaba con una función específica dentro de la gran fábrica. Las calles habían sido interminables y abarrotadas galerías de toda clase de maquinaria, sistemas de refrigeración, más maquinaria, toda clase de conductos y canalizaciones para sustancias y formas de energía, y más maquinaria aún; todo ello repartido de forma aparentemente aleatoria y aparatosa sobre el suelo y a distintos niveles por encima sobre arcos y puentes que a su vez eran también maquinaria de la gran fábrica. Cada edificio de viviendas había sido poco más que enormes hornos, procesadores, plantas de montaje, generadores y otros muchos tipos de factorías, todos con habitáculos donde los wentklyt trabajaban y vivían, una existencia frenética y tan extenuante como la que les hacían sufrir a sus esclavos alienígenas traídos de otros mundos.
Sus hogares, pese a los complicados sistemas de dispersión del calor de toda la ciudad, eran saunas de retorcidos conductos y cables recorriendo paredes, suelo y techo; Había escapes de gases, vapores, radiación, toda clase de residuos… por todas partes, de ahí la atmósfera cargada e irrespirable que hacía casi imposible la visita de otras especies a aquel mundo. Los esclavos de los wentklyt llevaban trajes de ambiente autónomo durante toda su corta y muy productiva vida en el planeta, mientras sus amos, tras cientos de años de estancamiento tecnológico voluntario (con el fin de no hacer reventar su planeta), se habían ido adaptando a las insalubres condiciones, hasta el punto de no poder vivir en otro entorno tan y específicamente contaminado como ese. Hombres y mujeres wentklyt, cuyo aspecto era el de humanos asombrosamente atléticos, muy pálidos, totalmente privados de cabello y vello, habían deambulado semidesnudos por ese lugar, envueltos en su vorágine productiva, sudor evaporándose sobre su piel, eficiencia y determinación en sus ojos. Todo ello, máquinas y wentklyt, trabajando para el Imperio, y por su propia voluntad. El mejor y más efímero aliado del Emperador, destruido y sin indicios de la identidad del responsable.
El comandante de las tropas de asalto, su oronda armadura de estasis biológica pintarrajeada de los colores azules de su rango, bastante desgastados por la radiación de la hora y poco que llevaban  en la superficie, había ordenado a los AT-ST esperar detrás, mientras investigaba con sus hombres todo rastro, pero nada había salvo hojalata y restos dispersos aquí y allá. Estaba seguro de que nada encontrarían, y en poco más los transportes vendrían a sacarles de allí antes de que los trajes se disolvieran del todo.
Empezó a separarse de sus hombres sin decirle nada a ninguno, se movía hacia un montículo de escombros de metal corroído, dirigido por una especie de intuición, creía. Se dio cuenta de que no era así al intentar girarse hacia sus hombres, sólo para ver qué hacían. No pudo, no podía siquiera girar la cabeza, estaba siendo obligado de alguna forma a moverse hacia allí. No sentía miedo a pesar de ser tan dueño de sus actos como un droide por control remoto, en realidad se sentía bien, muy bien; no recordaba sentirse tan cómodo y tranquilo en toda su vida.
—Y así debes sentirte, pues nada malo te va a ocurrir.
La melodiosa voz, que tenía un tono que se le antojaba deliciosamente burlón, procedía de su derecha y esta vez sí que pudo girarse voluntariamente, y dio gracias por ello, pues era cuanto deseaba en el universo. Allí, aparecida como por arte de magia, veía a través de los estrechos visores de su casco algo que no podía existir más que en su imaginación, pues era imposible que estuviera ocurriendo realmente.
—Soy real, y lo sabrás porque cuanto ocurre y ocurrirá es real y tendrás tiempo de asimilarlo. —Su voz pronunció estas palabras en tono de aterradora amenaza, pero el comandante las escuchó sin sentir aprensión ninguna. Él era el ser vivo más dichoso en ese momento.
Mientras disfrutaba de su delirante visión, a su espalda, el resto de su pelotón, totalmente ajeno a su delirante encuentro, empezó a arder en fuegos fatuos de energía amarilla, así como los AT-ST y todos los demás pelotones alrededor del planeta. Todos estallaron silenciosamente y se dispersaron como mero calor en el aire corrupto de ese mundo. Para el comandante sólo existían su interlocutora y él mismo en ese planeta, durante el último minuto, y no apreció la desaparición de los demás, atrapado como estaba por cálido estupor, y otra cosa no reconocible.
—Tengo un mensaje para Vader y el Emperador.
La visión avanzó hacia él en pasos lentos y ágiles, maravillosamente gráciles. Era hermosísima, y su exotismo alienígena la hacía única de cuanto él conocía. La piel era de un ceniciento oscuro, que debería darle aspecto enfermizo, pero en absoluto ocurría así. Observó que su cuerpo rebosaba salud y lozanía, pues el traje de bailarina twi'lek que vestía dejaba poco a la imaginación, y el tono siniestro de su piel realzaba su musculatura, propia de una acróbata experta. Su rostro, pese a su expresión de locura y odio infinitos, era bellísimo; su pelo, alborotado por el viento radiactivo que tendría que estar devorándole la piel, y el iris de sus ojos, eran de un mismo blanco refulgente, casi cegador. Tal conjunto de peculiaridades, en vez de extraña, la hacían bellísima como ninguna otra mujer de ninguna otra raza.
—Les dirás que ha llegado el momento de hacer frente a sus pecados —la visión se acercó lo suficiente para que el comandante distinguiera las diminutas gotas de sudor perlando la piel de la sublime criatura, y estuvo seguro entonces de que no era un sueño o una alucinación—. Son tan esclavos del miedo como todos los que les sirven, y como todos los que se les someten. Díselo, y verás cumplido tu mayor deseo.
Ella se detuvo, su rostro de ensueño, maravilloso e infinitamente amedrentador por bello e implacable, a escasos centímetros de la careta de expresión vacua del uniforme imperial, cada vez más descascarillada y oxidada por el aire corrosivo, el mismo aire que esa mujer parecía respirar sin problemas. Alzó una mano, entre sus dedos abiertos resbalaron gotitas de sudoración, cayendo algunas al suelo, mientras apoyaba sus yemas sobre el casco con gran delicadeza, casi como si fuera a besarle a través del respirador.
El soldado, todo un experimentado militar, reconoció lo extraño de todo eso, incluso se sentía estúpido y avergonzado de sí mismo, pero no podía más que contemplarla en silencio mientras hacía todo aquello.
—Tu mayor deseo es tenerme a mi contigo —parecía una pregunta, una afirmación y una orden al mismo tiempo—. Para siempre.
Al oírselo decir supo que así era; parecía algo que ya sabía, como algo inyectado en el subconsciente tiempo atrás, casi como un recuerdo esquivo, de esos que no es posible evocar sin ayuda externa. Ella lo decía, y eso era lo que él quería. Sintió sus ojos llenarse de lágrimas, quizá de felicidad, quizá por la desesperación; las piernas le fallaron, ella le ayudó, con sorprendente facilidad, a no derrumbarse del todo cogiéndole por los hombros. Quedó arrodillado a sus pies, sintiéndose incapaz de soportar el peso de la abultada armadura. Ella sostuvo su cabeza embutida en el casco, con firmeza pero delicadamente, y le miró a los ojos.
—S-s-s-si. —Respondió, tartamudeando, implorando.
Aquel rostro de facciones hermosas, ligeramente endurecidas por una expresión conmovedora de severa ira, por contra contenida con una serenidad infinita e implacable para consigo misma, y que era lo que le daba ese aire aterrador de diosa enfurecida; ese rostro cuya mirada oscura, la negra pupila perforada dentro de ese iris plateado, resplandeciente, como la llama concentrada y destructiva de una enana blanca, parecía hacer una inquisitiva pregunta de la que ya conocía la respuesta; ese rostro, que pertenecía a tal criatura mística, a un ser de leyenda, el rostro de una ninfa de infinito poder y determinación enfocadas hacia quién sabe qué propósito, sería lo último que el comandante imperial vería en toda su vida.

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