Los informes de superficie habían sugerido que un bombardeo a
escala global había no solo erradicado toda vida en el planeta, sino convertido
todo ello en inhabitable para cientos de años por la radiación. Tropas de asalto con gruesas
armaduras de protección de ambientes, que les hacían parecer
desproporcionadamente obesos, mellaban el árido desierto de polvo y escombros
pulverizados. Cincuenta pelotones, desembarcados en diferentes puntos del
planeta, buscaban un indicio del tipo de ataque y su causa. La superficie de
las blancas corazas se tornaba paulatina e inexorablemente de un amarillo
oxidado, devoradas por la radiactividad.
Cada pelotón iba acompañado de
cuatro caminantes imperiales ligeros AT-ST, ya que, aunque la exploración desde
el espacio no revelaba actividad ninguna, se tenía por muy probable que aquel
fuera el escenario de una trampa. No eran pocos los sistemas que habían
empezado a enfrentarse al Emperador, de maneras más bien desesperadas y
completamente desorganizadas; pero la desaparición de toda la raza wentklyt,
humanoides esclavistas de tecnología algo anticuada pero ideales xenófobos muy
afines a los del Emperador, no podía ser otra cosa que el resultado de un
planeado ataque de merma de recursos del Imperio.
Una de las patrullas había
empezado a internarse en el territorio sobre el que se había erigido una de las
fétidas, y sobrecargadas por la industria, ciudades de los wentklyt.
Prácticamente todo asentamiento de aquella raza había sido construido como una
factoría, y cada barrio de la ciudad se diseñaba con una función específica
dentro de la gran fábrica. Las calles habían sido interminables y abarrotadas
galerías de toda clase de maquinaria, sistemas de refrigeración, más
maquinaria, toda clase de conductos y canalizaciones para sustancias y formas
de energía, y más maquinaria aún; todo ello repartido de forma aparentemente
aleatoria y aparatosa sobre el suelo y a distintos niveles por encima sobre
arcos y puentes que a su vez eran también maquinaria de la gran fábrica. Cada
edificio de viviendas había sido poco más que enormes hornos, procesadores,
plantas de montaje, generadores y otros muchos tipos de factorías, todos con habitáculos
donde los wentklyt trabajaban y vivían, una existencia frenética y tan
extenuante como la que les hacían sufrir a sus esclavos alienígenas traídos de
otros mundos.
Sus hogares, pese a los
complicados sistemas de dispersión del calor de toda la ciudad, eran saunas de
retorcidos conductos y cables recorriendo paredes, suelo y techo; Había escapes
de gases, vapores, radiación, toda clase de residuos… por todas partes, de ahí
la atmósfera cargada e irrespirable que hacía casi imposible la visita de otras
especies a aquel mundo. Los esclavos de los wentklyt llevaban trajes de
ambiente autónomo durante toda su corta y muy productiva vida en el planeta,
mientras sus amos, tras cientos de años de estancamiento tecnológico voluntario
(con el fin de no hacer reventar su planeta), se habían ido adaptando a las
insalubres condiciones, hasta el punto de no poder vivir en otro entorno tan y
específicamente contaminado como ese. Hombres y mujeres wentklyt, cuyo aspecto
era el de humanos asombrosamente atléticos, muy pálidos, totalmente privados de
cabello y vello, habían deambulado semidesnudos por ese lugar, envueltos en su
vorágine productiva, sudor evaporándose sobre su piel, eficiencia y
determinación en sus ojos. Todo ello, máquinas y wentklyt, trabajando para el
Imperio, y por su propia voluntad. El mejor y más efímero aliado del Emperador,
destruido y sin indicios de la identidad del responsable.
El comandante de las tropas de
asalto, su oronda armadura de estasis biológica pintarrajeada de los colores
azules de su rango, bastante desgastados por la radiación de la hora y poco que
llevaban en la superficie, había
ordenado a los AT-ST esperar detrás, mientras investigaba con sus hombres todo
rastro, pero nada había salvo hojalata y restos dispersos aquí y allá. Estaba
seguro de que nada encontrarían, y en poco más los transportes vendrían a
sacarles de allí antes de que los trajes se disolvieran del todo.
Empezó a separarse de sus hombres
sin decirle nada a ninguno, se movía hacia un montículo de escombros de metal
corroído, dirigido por una especie de intuición, creía. Se dio cuenta de que no
era así al intentar girarse hacia sus hombres, sólo para ver qué hacían. No
pudo, no podía siquiera girar la cabeza, estaba siendo obligado de alguna forma
a moverse hacia allí. No sentía miedo a pesar de ser tan dueño de sus actos
como un droide por control remoto, en realidad se sentía bien, muy bien; no
recordaba sentirse tan cómodo y tranquilo en toda su vida.
—Y así debes sentirte, pues nada
malo te va a ocurrir.
La melodiosa voz, que tenía un
tono que se le antojaba deliciosamente burlón, procedía de su derecha y esta
vez sí que pudo girarse voluntariamente, y dio gracias por ello, pues era
cuanto deseaba en el universo. Allí, aparecida como por arte de magia, veía a través
de los estrechos visores de su casco algo que no podía existir más que en su
imaginación, pues era imposible que estuviera ocurriendo realmente.
—Soy real, y lo sabrás porque
cuanto ocurre y ocurrirá es real y tendrás tiempo de asimilarlo. —Su voz pronunció
estas palabras en tono de aterradora amenaza, pero el comandante las escuchó
sin sentir aprensión ninguna. Él era el ser vivo más dichoso en ese momento.
Mientras disfrutaba de su
delirante visión, a su espalda, el resto de su pelotón, totalmente ajeno a su
delirante encuentro, empezó a arder en fuegos fatuos de energía amarilla, así
como los AT-ST y todos los demás pelotones alrededor del planeta. Todos
estallaron silenciosamente y se dispersaron como mero calor en el aire corrupto
de ese mundo. Para el comandante sólo existían su interlocutora y él mismo en
ese planeta, durante el último minuto, y no apreció la desaparición de los
demás, atrapado como estaba por cálido estupor, y otra cosa no reconocible.
—Tengo un mensaje para Vader y el
Emperador.
La visión avanzó hacia él en
pasos lentos y ágiles, maravillosamente gráciles. Era hermosísima, y su
exotismo alienígena la hacía única de cuanto él conocía. La piel era de un
ceniciento oscuro, que debería darle aspecto enfermizo, pero en absoluto ocurría
así. Observó que su cuerpo rebosaba salud y lozanía, pues el traje de bailarina
twi'lek que vestía dejaba poco a la imaginación, y el tono siniestro de su piel
realzaba su musculatura, propia de una acróbata experta. Su rostro, pese a su
expresión de locura y odio infinitos, era bellísimo; su pelo, alborotado por el
viento radiactivo que tendría que estar devorándole la piel, y el iris de sus
ojos, eran de un mismo blanco refulgente, casi cegador. Tal conjunto de
peculiaridades, en vez de extraña, la hacían bellísima como ninguna otra mujer
de ninguna otra raza.
—Les dirás que ha llegado el
momento de hacer frente a sus pecados —la visión se acercó lo suficiente para
que el comandante distinguiera las diminutas gotas de sudor perlando la piel de
la sublime criatura, y estuvo seguro entonces de que no era un sueño o una
alucinación—. Son tan esclavos del miedo como todos los que les sirven, y como
todos los que se les someten. Díselo, y verás cumplido tu mayor deseo.
Ella se detuvo, su rostro de
ensueño, maravilloso e infinitamente amedrentador por bello e implacable, a
escasos centímetros de la careta de expresión vacua del uniforme imperial, cada
vez más descascarillada y oxidada por el aire corrosivo, el mismo aire que esa
mujer parecía respirar sin problemas. Alzó una mano, entre sus dedos abiertos
resbalaron gotitas de sudoración, cayendo algunas al suelo, mientras apoyaba
sus yemas sobre el casco con gran delicadeza, casi como si fuera a besarle a
través del respirador.
El soldado, todo un experimentado
militar, reconoció lo extraño de todo eso, incluso se sentía estúpido y
avergonzado de sí mismo, pero no podía más que contemplarla en silencio
mientras hacía todo aquello.
—Tu mayor deseo es tenerme a mi
contigo —parecía una pregunta, una afirmación y una orden al mismo tiempo—.
Para siempre.
Al oírselo decir supo que así
era; parecía algo que ya sabía, como algo inyectado en el subconsciente tiempo
atrás, casi como un recuerdo esquivo, de esos que no es posible evocar sin
ayuda externa. Ella lo decía, y eso era lo que él quería. Sintió sus ojos
llenarse de lágrimas, quizá de felicidad, quizá por la desesperación; las
piernas le fallaron, ella le ayudó, con sorprendente facilidad, a no
derrumbarse del todo cogiéndole por los hombros. Quedó arrodillado a sus pies,
sintiéndose incapaz de soportar el peso de la abultada armadura. Ella sostuvo
su cabeza embutida en el casco, con firmeza pero delicadamente, y le miró a los
ojos.
—S-s-s-si. —Respondió,
tartamudeando, implorando.
Aquel rostro de facciones hermosas,
ligeramente endurecidas por una expresión conmovedora de severa ira, por contra
contenida con una serenidad infinita e implacable para consigo misma, y que era
lo que le daba ese aire aterrador de diosa enfurecida; ese rostro cuya mirada
oscura, la negra pupila perforada dentro de ese iris plateado, resplandeciente,
como la llama concentrada y destructiva de una enana blanca, parecía hacer una
inquisitiva pregunta de la que ya conocía la respuesta; ese rostro, que
pertenecía a tal criatura mística, a un ser de leyenda, el rostro de una ninfa
de infinito poder y determinación enfocadas hacia quién sabe qué propósito,
sería lo último que el comandante imperial vería en toda su vida.
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