lunes, 12 de octubre de 2015

TORMENTO CREPUSCULAR I



Tras hacer las visitas pertinentes a los sistemas clave que lindaban con el Espacio Salvaje, preparando alianzas falsas con numerosos grupos de contrabandistas y señores de la guerra venidos a menos, el Emperador había conformado un heterogéneo ejército de flotillas con las que ya tenía planeado sofocar cualquier idea de ataque o de intento de rebelión que pudiera estar gestándose más allá de esos límites del Imperio. Mientras, lo que quedaba del ejército clon aplastaba las rebeliones en los mundos más alejados del núcleo que era Coruscant, y se ponía en marcha su reemplazo con nuevos alistamientos de humanos, algunos voluntarios (aquellos que respondían favorablemente a la campaña de adoctrinamiento y xenofobia que prodigaba el Emperador), otros por la fuerza, obligados por la seguridad de sus familias o por no quedar relegados a la miseria de la indigencia dentro del nuevo orden.
La destrucción de los datos genéticos y las instalaciones de clonación clandestinas de otros mundos ya se había consumado, pues no pensaba correr el riesgo de que nadie las usara en un futuro contra él, creando clones nuevos, con nuevas órdenes... y además, había algo en el vacío de los clones que le inquietaba... Sí, podían ser ciegamente obedientes, pero al controlarlos con la Fuerza no había lucha, simplemente como si carecieran de una voluntad viviente, y por eso mismo no conocían el miedo, tal y como eran creados para su uso militar, al menos. Y sin miedo, a su parecer, no había verdadero control.
El destructor Sombra 52 le llevaba hacia los astilleros donde se terminaban los primeros tres superdestructores que serían arietes, fortalezas y ejecutores, siendo como serían capaces de romper cualquier defensa, de facilitarla al tiempo y de desatar una fuerza ofensiva tan implacable como la de un verdugo con su ajusticiado. Su pronta puesta en marcha llevaría el poder del miedo un gran paso más allá, antes del salto que sería ver culminada la fabricación de la luna de guerra, en Despayre: la Estación de Combate Orbital EM-1.
Y tras la primera luna y su puesta en marcha, una vez desplegado su poder para destruir sistemas enteros en cuestión de unas horas, una vez que ese poder extendiera el miedo como ninguna otra cosa que hubiera conocido antes la galaxia, empezaría la serialización de una flota de mundos destructores, y con ellos llevaría el orden, su orden, a los caóticos y oscuros territorios de las Regiones Desconocidas, coordenadas todas sometidas por esa suerte de beligerantes y esquivos Sith, tan trasnochados como lo eran los mismos Jedis... Nadie volvería a cometer la temeridad de intentar medirse con él. Nunca.
Pese al inconveniente de perder a una civilización aliada tan afín, el Emperador no sentía ninguna inquietud por la identidad o motivaciones de quien quiera que hubiera destruido a los wentklyt, allá, en Nakt-Dalar. Realmente tenía demasiadas cosas en marcha y demasiados enemigos, y demasiados valores verdaderos a buen recaudo como para preocuparse de la suerte de un distante, primitivo y sucio mundo de arcaica industria.
Lo único que sí le tenía dividido respecto a en qué debía centrar primero su atención era la duda trémula del mismísimo Vader. No era tanto el temor de verlo volverse en su contra lo que le podía preocupar, si no el perder la imagen del miedo. Él mismo, como regente indiscutible y resuelto, sin duda era temible, pero Vader, un Jedi Oscuro consumido por la culpa y el rencor, mutilado y calcinado durante una feroz batalla, reconstruido mediante dolorosos métodos de cibernésis quirúrgica, embutido en su traje ambiental... Realmente era la personificación del más primario e instintivo terror que se mantenía latente en lo más atávico del ser de cualquier individuo de una especie sensiblemente inteligente. Su Lord Sith no sería tan destructivo como un superláser dirigido contra el núcleo de un planeta, pero sin duda era mil veces más... útil.
Y por eso había enviado a su siervo a investigar el rastro de esa incógnita beligerante, esa ninfa oscura. Tener a Darth Vader ocupado con la idea de un enemigo igual o superior al que enfrentarse le dejaría menos tiempo para restregar su alma torturada contra el bálsamo de bellos recuerdos, de su difunta amada y sus antiguos y verdaderos amigos, contra los que se había vuelto. Si esa Sith, Jedi Oscura, o lo que fuera, de algún modo era capaz de remover sus recuerdos, sin duda no sería para alejarle de su señor, si no buscando hacerle bajar la guardia para luego acabar con él. Y eso podría tanto ser una desventaja como todo lo contrario. Si Vader, incapaz de sobreponerse a la intrusión mental, caía, quizá su asesina fuera susceptible de servirle a él, tentándola con el control del universo conocido. Y si no fuera así... En fin, él sabía defenderse perfectamente, y además contaba con el peso de un ejército incontable que obedecía sin rechistar... y que además él podía manejar con su mente con la misma soltura que usaba sus propias manos.

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