lunes, 12 de octubre de 2015

LA NINFA OSCURA II



Allí podía sentirlo, toda la momentánea agonía de las tropas de asalto que se habían desvanecido en aquel aire enrarecido le era tan tangible como el frío metal que se entrelazaba con sus músculos y nervios dentro de su traje negro. Darth Vader permanecía inmóvil justo en el mismo sitio donde había sido encontrado el único superviviente de las tropas enviadas allí abajo. Su dominio de la Fuerza le permitía apartar la terrible radiación a su alrededor, por lo que su indumentaria no necesitaba ser modificada.
El capitán al mando del destructor que había perdido a aquellos soldados observaba la siniestra figura de su señor, maravillado de verle sobrevivir en aquel entorno que todo lo corroía, y aterrorizado de sus posibles represalias contra su propia persona. Lord Vader llevaba varios minutos silencioso, sin apenas moverse, sólo su negra capa ondulaba levemente con el viento, y el terror del capitán no hacía más que crecer a cada segundo. Estar dentro de su aparatosa armadura negra de oficial, con aquel aire devorándola lentamente, contemplando las espaldas de aquella encarnación, cibernética y humana a un tiempo, de la muerte, era una situación bien parecida a la idea que tenían del infierno algunas civilizaciones. En varias ocasiones estuvo a punto de interrumpir la meditación de Vader, pero había conseguido contenerse convenciéndose de que sería mejor dejarle a él romper el silencio primero.
Sabía bien que el Lord Sith había mostrado muy poco interés por lo ocurrido con la raza humanoide, y que había intentado por todos los medios desentenderse del tema; él no compartía el desprecio del Emperador y los wentklyt por las razas alienígenas, y sí despreciaba abiertamente a los segundos por ser a su parecer demasiado atrasados, taimados y oportunistas. Sólo los acontecimientos recientes habían parecido despertar algo su interés, pero el humor del señor oscuro no podía ser nada bueno, e inútil era intentar escudriñarlo a través de su brillante máscara negra.
El capitán repasó mentalmente el informe que le había dado en persona a Vader en cuanto había llegado al destructor, buscando alguna negligencia perceptible de los actos de sus hombres o los suyos propios, pero nada había que les hiciera responsables directos de lo ocurrido. Tras el periodo acordado de la misión, planteado para evitar la muerte de las tropas por radiación, se comprobó que nadie respondía a las llamadas de los transportes de tropas, y en las pantallas sólo podía verse el indicador de una de las unidades. El comandante de patrulla había sido recogido del planeta, en estado de trauma psicológico: no respondía a las preguntas sobre sus hombres y lo ocurrido en el planeta, tan sólo hablaba de una ninfa de piel negra a la que decía ver constantemente. El comandante estaba completamente ciego, las córneas quemadas en blanco y las glándulas lacrimales reventadas y repartidas a lo largo de sus mejillas junto con sangre reseca. La exploración de toda la superficie no reveló ni rastro de los demás. Vader podía quizá achacarle el retraso en facilitarle la información, por los dos días que estuvieron buscándolos, mas no vio otras fisuras en el protocolo seguido por él mismo. Igualmente estaba muerto de miedo.
—Siento la mano de la Fuerza en todo esto —el crujido estático y metálico de la profunda voz de Darth Vader casi le revienta el corazón en un sobresalto—. Debo comunicárselo al Emperador.
Vader se giró y empezó a caminar con el paso rápido y envarado que le caracterizaba hacia la pequeña lanzadera en la que los dos solos habían bajado al planeta, a pesar de la reticencia del capitán. Ya le había dejado un par de metros detrás cuando este último empezó a seguirle acelerando el paso torpemente, pareciendo un bebé desproporcionado y gigante.
— ¿Cree que ha sido un Jedi? —preguntó el capitán jadeante y tembloroso, pero demasiado curioso para callarse.
Vader se detuvo un momento en lo alto de la rampa de entrada a la lanzadera y se volvió hacia el yermo radiactivo. El capitán hizo lo propio a cierta distancia de él, esperando una explosión de ira.
—Ningún Jedi es tan poderoso —barrió lentamente con la mirada azabache de su casco el territorio devastado, como estudiando algo que sólo él podía ver—. Además, no es su estilo.
Y los dos se internaron en la cámara de descontaminación de la lanzadera.

A pesar de la recomendación del capitán de que no se entrevistase con el soldado superviviente, debido a su total pérdida de la razón, Vader entró sin compañía en la celda donde permanecía acostado por fuerza de grilletes en muñecas y tobillos. El recluso no pareció reaccionar al oír el estridente ruido de apertura de la puerta, que se ocultó un segundo en el techo para bajar a la velocidad de un parpadeo en cuanto Darth Vader estuvo dentro.
Recorriendo la escasa distancia de tres pasos que le separaba de la litera, Vader se centró en analizar los sentimientos y recuerdos del soldado con la mente, dando por hecho que sería infructuoso intentar hablar con él, sin dejar de observar su extraño frenesí. Gruesas gotas de sudor recorrían su frente, a la que se pegaban cortos mechones de su pelo, y el mono grisáceo de paciente con que lo habían vestido estaba húmedo por completo. Aquel hombre se estaba consumiendo en ese estado febril sin que los médicos imperiales le encontraran signo alguno de enfermedad.
La mente del pobre diablo enloquecido no daba oportunidad ninguna de ser explorada. Sólo podía leer en ella una felicidad fútil, animal, el mismo tipo de extraña satisfacción de que estaba llena la simple y eficiente mente de los arácnidos, como recordaba haber sondeado cuando era un joven Jedi. Ese extraño sentimiento, el más turbador que había compartido mediante la Fuerza, parecía una forma natural de enfrentarse a su frugal y violenta vida, un modo que tenía la naturaleza de programarlos para no pensar, no sentir, para tan solamente actuar con su particular ferocidad frenética en todos los aspectos de su vida, sin miedo, sin tristeza, sin consciencia de sí mismos, lo que los hacía perfectos. Pero, aparte de ser inútil en un ser humano, ese sentimiento era imposible de reproducirse en cualquiera de sus conciencias. Incluso Vader, durante la escasa fracción de segundo durante la que sondeó esa mente destrozada, aun con toda su experiencia y poder en la Fuerza, volvió a sentir el mismo vértigo nauseabundo que con los arácnidos. Lo inesperado del reencuentro con ese sentimiento puramente animal hizo que del amplificador fónico de su máscara surgiera un gemido de repugna y miedo.
—Tú —el soldado le estaba mirando con aquellos ojos quemados y ciegos. Parecía haber despertado de su estado febril al entrar en su mente—. Lo haré y me amará, me lo prometió.
Vader puso su mano izquierda enguantada, la más avanzada de las dos robóticas, sobre la frente del soldado. A través del grueso tejido sentía el calor hirviente de su piel.
— ¿Quién te lo prometió, patética criatura?
Vader no esperaba recibir respuesta del hombre reducido a insecto, pero que él no pudiera traspasar la barrera de extrañas emociones no significaba necesariamente que no quedara algo por debajo.
—Ella...  Mi querida ninfa… —cerró los ojos un momento, como evocando un hecho anterior. Volvió a abrirlos, y la ilusión de que sus córneas quemadas veían a través de los visores opacos de Vader era realmente vívida—. Me pidió que te dijera que recibiréis el justo juicio de la Fuerza. Su venganza...  Moriréis.
Vader, impaciente, hizo crujir su voz entre estática, hablando en su tono más autoritario.
— ¿Quién es ella? ¡Dímelo! —Su mano se alzó de la frente sudorosa para atenazar aquella garganta, tensa como una viga de duracero—. ¡¿Qué es lo que quiere?!
El soldado, inmerso en su estado de onírica vigilia temporal, no mostró dolor ni angustia por la presa de su señor. La tensión de los músculos de su cuello protegía su garganta lo suficiente para poder seguir hablando entre arcadas y golpes de saliva cuarteada.
—Ella lo sabe. Lo sabe todo. Lo que hiciste, lo que le hiciste a ella... —Vader soltó asombrado a su víctima, pues, sin poder leerle la mente, sabía muy bien de que le hablaba—. Ella te encontrará, te lo mostrará. Y al Emperador...
El febril soldado estalló en carcajada histérica, no burlona ni ofensiva, sino sinceramente feliz, mientras de sus cuencas, grotescamente rellenas con aquellas yemas blancas que eran sus ojos, volvían a brotar lágrimas de sangre. Vader se había vuelto cruel e implacable en poco tiempo, pero le eran ajenos el motivo y la forma en que alguien querría hacerle eso a otro ser: transformar el tranquilo terreno que antaño había sido su mente en un abismo insondable, agrietándolo mediante una forma de energía desconocida, volcando cuanto de firme y asentado había en él en una constante y vertiginosa caída, ¿todo ello con el fin de hacer llegar ese críptico y fragmentado mensaje?
El éxtasis del destrozado soldado debía haber llegado a su cénit, pero no por ello parecía aplacarse lo más mínimo. Un escalofrío recorrió el espinazo colmado de implantes cibernético-nerviosos de Vader, sólo de pensar en la horrible emoción, incontenible e incomprensible en una mente humana, que apresaba aquella alma ya perdida. Nada más había que hacer allí, el soldado moriría en breve consumido por sus fiebres antinaturales, nada lo sacaría de su frenético sopor extasiado. Dio la espalda al ululante trozo de carne, debatido entre furiosas carcajadas, y salió de la celda presuroso.
Cuando la puerta, totalmente estanca, se cerró tras su negra capa, el nuevo silencio del corredor de prisiones se llenó del eco atronador de sus recuerdos. El miedo y la ira colmaron su pecho, y su piel pareció volver a arder con el dolor de entonces. Consiguió a duras penas reprimir el impulso de estrellar el destructor entero contra el planeta muerto que tenía debajo. Podía sentir cada insignificante vida, cada pequeño banal movimiento que cada mísera criatura hacía dentro de la gigantesca nave, y los odiaba. A todos.

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