Allí podía sentirlo, toda la momentánea agonía de las tropas
de asalto que se habían desvanecido en aquel aire enrarecido le era tan
tangible como el frío metal que se entrelazaba con sus músculos y nervios
dentro de su traje negro. Darth Vader permanecía inmóvil justo en el mismo
sitio donde había sido encontrado el único superviviente de las tropas enviadas
allí abajo. Su dominio de la Fuerza le permitía apartar la terrible radiación a
su alrededor, por lo que su indumentaria no necesitaba ser modificada.
El capitán al mando del
destructor que había perdido a aquellos soldados observaba la siniestra figura
de su señor, maravillado de verle sobrevivir en aquel entorno que todo lo
corroía, y aterrorizado de sus posibles represalias contra su propia persona.
Lord Vader llevaba varios minutos silencioso, sin apenas moverse, sólo su negra
capa ondulaba levemente con el viento, y el terror del capitán no hacía más que
crecer a cada segundo. Estar dentro de su aparatosa armadura negra de oficial,
con aquel aire devorándola lentamente, contemplando las espaldas de aquella
encarnación, cibernética y humana a un tiempo, de la muerte, era una situación
bien parecida a la idea que tenían del infierno algunas civilizaciones. En varias
ocasiones estuvo a punto de interrumpir la meditación de Vader, pero había
conseguido contenerse convenciéndose de que sería mejor dejarle a él romper el
silencio primero.
Sabía bien que el Lord Sith había
mostrado muy poco interés por lo ocurrido con la raza humanoide, y que había
intentado por todos los medios desentenderse del tema; él no compartía el desprecio
del Emperador y los wentklyt por las razas alienígenas, y sí despreciaba
abiertamente a los segundos por ser a su parecer demasiado atrasados, taimados
y oportunistas. Sólo los acontecimientos recientes habían parecido despertar
algo su interés, pero el humor del señor oscuro no podía ser nada bueno, e
inútil era intentar escudriñarlo a través de su brillante máscara negra.
El capitán repasó mentalmente el
informe que le había dado en persona a Vader en cuanto había llegado al
destructor, buscando alguna negligencia perceptible de los actos de sus hombres
o los suyos propios, pero nada había que les hiciera responsables directos de
lo ocurrido. Tras el periodo acordado de la misión, planteado para evitar la
muerte de las tropas por radiación, se comprobó que nadie respondía a las
llamadas de los transportes de tropas, y en las pantallas sólo podía verse el
indicador de una de las unidades. El comandante de patrulla había sido recogido
del planeta, en estado de trauma psicológico: no respondía a las preguntas
sobre sus hombres y lo ocurrido en el planeta, tan sólo hablaba de una ninfa de
piel negra a la que decía ver constantemente. El comandante estaba
completamente ciego, las córneas quemadas en blanco y las glándulas lacrimales
reventadas y repartidas a lo largo de sus mejillas junto con sangre reseca. La
exploración de toda la superficie no reveló ni rastro de los demás. Vader podía
quizá achacarle el retraso en facilitarle la información, por los dos días que
estuvieron buscándolos, mas no vio otras fisuras en el protocolo seguido por él
mismo. Igualmente estaba muerto de miedo.
—Siento la mano de la Fuerza en
todo esto —el crujido estático y metálico de la profunda voz de Darth Vader
casi le revienta el corazón en un sobresalto—. Debo comunicárselo al Emperador.
Vader se giró y empezó a caminar
con el paso rápido y envarado que le caracterizaba hacia la pequeña lanzadera
en la que los dos solos habían bajado al planeta, a pesar de la reticencia del
capitán. Ya le había dejado un par de metros detrás cuando este último empezó a
seguirle acelerando el paso torpemente, pareciendo un bebé desproporcionado y
gigante.
— ¿Cree que ha sido un Jedi?
—preguntó el capitán jadeante y tembloroso, pero demasiado curioso para
callarse.
Vader se detuvo un momento en lo alto
de la rampa de entrada a la lanzadera y se volvió hacia el yermo radiactivo. El
capitán hizo lo propio a cierta distancia de él, esperando una explosión de
ira.
—Ningún Jedi es tan poderoso
—barrió lentamente con la mirada azabache de su casco el territorio devastado,
como estudiando algo que sólo él podía ver—. Además, no es su estilo.
Y los dos se internaron en la
cámara de descontaminación de la lanzadera.
A pesar de la recomendación del capitán de que no se
entrevistase con el soldado superviviente, debido a su total pérdida de la
razón, Vader entró sin compañía en la celda donde permanecía acostado por
fuerza de grilletes en muñecas y tobillos. El recluso no pareció reaccionar al
oír el estridente ruido de apertura de la puerta, que se ocultó un segundo en
el techo para bajar a la velocidad de un parpadeo en cuanto Darth Vader estuvo
dentro.
Recorriendo la escasa distancia
de tres pasos que le separaba de la litera, Vader se centró en analizar los
sentimientos y recuerdos del soldado con la mente, dando por hecho que sería
infructuoso intentar hablar con él, sin dejar de observar su extraño frenesí.
Gruesas gotas de sudor recorrían su frente, a la que se pegaban cortos mechones
de su pelo, y el mono grisáceo de paciente con que lo habían vestido estaba
húmedo por completo. Aquel hombre se estaba consumiendo en ese estado febril
sin que los médicos imperiales le encontraran signo alguno de enfermedad.
La mente del pobre diablo
enloquecido no daba oportunidad ninguna de ser explorada. Sólo podía leer en
ella una felicidad fútil, animal, el mismo tipo de extraña satisfacción de que
estaba llena la simple y eficiente mente de los arácnidos, como recordaba haber
sondeado cuando era un joven Jedi. Ese extraño sentimiento, el más turbador que
había compartido mediante la Fuerza, parecía una forma natural de enfrentarse a
su frugal y violenta vida, un modo que tenía la naturaleza de programarlos para
no pensar, no sentir, para tan solamente actuar con su particular ferocidad
frenética en todos los aspectos de su vida, sin miedo, sin tristeza, sin
consciencia de sí mismos, lo que los hacía perfectos. Pero, aparte de ser
inútil en un ser humano, ese sentimiento era imposible de reproducirse en
cualquiera de sus conciencias. Incluso Vader, durante la escasa fracción de
segundo durante la que sondeó esa mente destrozada, aun con toda su experiencia
y poder en la Fuerza, volvió a sentir el mismo vértigo nauseabundo que con los
arácnidos. Lo inesperado del reencuentro con ese sentimiento puramente animal
hizo que del amplificador fónico de su máscara surgiera un gemido de repugna y
miedo.
—Tú —el soldado le estaba mirando
con aquellos ojos quemados y ciegos. Parecía haber despertado de su estado
febril al entrar en su mente—. Lo haré y me amará, me lo prometió.
Vader puso su mano izquierda
enguantada, la más avanzada de las dos robóticas, sobre la frente del soldado.
A través del grueso tejido sentía el calor hirviente de su piel.
— ¿Quién te lo prometió, patética
criatura?
Vader no esperaba recibir
respuesta del hombre reducido a insecto, pero que él no pudiera traspasar la
barrera de extrañas emociones no significaba necesariamente que no quedara algo
por debajo.
—Ella... Mi querida ninfa… —cerró los ojos un momento,
como evocando un hecho anterior. Volvió a abrirlos, y la ilusión de que sus
córneas quemadas veían a través de los visores opacos de Vader era realmente
vívida—. Me pidió que te dijera que recibiréis el justo juicio de la Fuerza. Su
venganza... Moriréis.
Vader, impaciente, hizo crujir su
voz entre estática, hablando en su tono más autoritario.
— ¿Quién es ella? ¡Dímelo! —Su
mano se alzó de la frente sudorosa para atenazar aquella garganta, tensa como
una viga de duracero—. ¡¿Qué es lo que quiere?!
El soldado, inmerso en su estado
de onírica vigilia temporal, no mostró dolor ni angustia por la presa de su
señor. La tensión de los músculos de su cuello protegía su garganta lo
suficiente para poder seguir hablando entre arcadas y golpes de saliva
cuarteada.
—Ella lo sabe. Lo sabe todo. Lo
que hiciste, lo que le hiciste a ella... —Vader soltó asombrado a su víctima,
pues, sin poder leerle la mente, sabía muy bien de que le hablaba—. Ella te
encontrará, te lo mostrará. Y al Emperador...
El febril soldado estalló en
carcajada histérica, no burlona ni ofensiva, sino sinceramente feliz, mientras
de sus cuencas, grotescamente rellenas con aquellas yemas blancas que eran sus
ojos, volvían a brotar lágrimas de sangre. Vader se había vuelto cruel e
implacable en poco tiempo, pero le eran ajenos el motivo y la forma en que
alguien querría hacerle eso a otro ser: transformar el tranquilo terreno que
antaño había sido su mente en un abismo insondable, agrietándolo mediante una
forma de energía desconocida, volcando cuanto de firme y asentado había en él
en una constante y vertiginosa caída, ¿todo ello con el fin de hacer llegar ese
críptico y fragmentado mensaje?
El éxtasis del destrozado soldado
debía haber llegado a su cénit, pero no por ello parecía aplacarse lo más
mínimo. Un escalofrío recorrió el espinazo colmado de implantes cibernético-nerviosos
de Vader, sólo de pensar en la horrible emoción, incontenible e incomprensible
en una mente humana, que apresaba aquella alma ya perdida. Nada más había que
hacer allí, el soldado moriría en breve consumido por sus fiebres antinaturales,
nada lo sacaría de su frenético sopor extasiado. Dio la espalda al ululante
trozo de carne, debatido entre furiosas carcajadas, y salió de la celda
presuroso.
Cuando la puerta, totalmente
estanca, se cerró tras su negra capa, el nuevo silencio del corredor de
prisiones se llenó del eco atronador de sus recuerdos. El miedo y la ira
colmaron su pecho, y su piel pareció volver a arder con el dolor de entonces.
Consiguió a duras penas reprimir el impulso de estrellar el destructor entero
contra el planeta muerto que tenía debajo. Podía sentir cada insignificante
vida, cada pequeño banal movimiento que cada mísera criatura hacía dentro de la
gigantesca nave, y los odiaba. A todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta lo que quieras, puto friki: