Darth Vader realmente tenía malos presentimientos respecto a
todo aquello. Su señor, El Emperador, había decidido oportunamente irse a visitar
el desarrollo de los superdestructores en Fondor, abandonando así
inmediatamente las proximidades del Espacio Salvaje. Para El Emperador era muy
importante la pronta finalización de las nuevas y terribles naves, y no cabía
duda de que la sola noticia de su inminente visita aceleraba considerablemente
los ritmos de trabajo. Pero, ¿realmente se había ido por eso?
Vader había aprendido por sí solo
a desconfiar. Había desconfiado incluso de aquellos que más había amado y
respetado, hasta el punto de llegar a odiarlos verdaderamente... hasta el punto
de matarlos. Y desconfiar de Lord Sidious era al menos tan fácil como hacerlo
de cualquiera. Él le debía lealtad, y dependía de él, en cierto modo, como una
balanza en la que sopesar el valor de sus sacrificios a la Fuerza por el Lado Oscuro,
para servirse de él como báculo para no caer en una caótica espiral de
continuas matanzas durante la irresistible corriente en la que podía
convertirse el deseo de más poder. Pero no era estúpido, y tenía presente que,
al igual que él mismo, El Emperador tenía sus secretos, y que sin duda
intrigaba contra todos, o como mínimo tenía planeadas sus contra-intrigas para
defenderse de las intrigas de otros.
Si bien Darth Vader no había
sabido nunca a las claras qué pretendía su señor con sus aparentemente más
triviales decisiones, no se le escapaba que todas ellas tenían una poderosa
razón de ser. Lo ladino de su ser se le antojaba según pasaba el tiempo más
como una actitud de cobarde, por mucho que la prudencia fuera aconsejable desde
la posición de líder del recién nacido Primer Imperio Galáctico, del cual aún
estaban forjándose sus cimientos. Y desaparecer en su Destructor Estelar tras
desdeñar las amenazas de un Jedi Oscuro era otra de esas acciones
contradictorias e irritantes en extremo, de las que solía hacer gala el tan
temido Emperador Palpatine.
Vader había recibido orden de
volver de inmediato al sistema Nakt y rastrear los escasos planetas. Él estaba
seguro de que no estaba por allí cerca la mujer, pues una presencia tan
poderosa como para arrasar un planeta entero y manipular como un mecanismo de
reloj una mente humana no pasaría desapercibido para su sensibilidad a la
Fuerza. El Emperador había insistido, revelándole que un ser capaz de dominar
la Fuerza podía ocultarse a cualquier percepción.
—Mi señor... ¿Cómo podría ser eso
posible? ¡¿Yo... o ni siquiera vos... ninguno seríamos capaces de detectarla?!
—Había preguntado durante su reunión en el Sombra 52, totalmente incrédulo.
—Yo mismo he ocultado mis
capacidades de la Orden Jedi durante cerca de 50 años —había replicado El
Emperador volviéndose lentamente para mirarle con uno de sus enfermizos ojos
anaranjados desde el filo de su capucha, con una sonrisa torcida—. Cohabitando
en el mismo planeta, relacionándonos durante largas reuniones casi diarias...
Créeme, mi viejo amigo... ¡Se puede hacer!
Y por eso estaba de vuelta. El
Emperador había dicho que nada los vencería mientras estuvieran juntos... pero
él estaba a media galaxia de distancia, tras devolverle a ese sistema, con la
probable idea de hacer saltar la trampa de la desconocida Sith. En cierto modo,
Darth Vader seguía siendo el discípulo del Emperador, así que no le quedaba
otra que asumirlo como una prueba más que superar.
Cinco destructores del Imperio salieron
del hiperespacio en las proximidades del devastado planeta Nakt-Dalar. Darth
Vader pudo sentir enseguida la peste a terrible poder que aún desprendía el
mundo radiactivo. El remanente de Fuerza del Lado Oscuro era tan intenso que le
sacó de su estado de meditación, una costumbre Jedi a la que no era capaz de
renunciar, tan obcecado como estaba en ser capaz de discernir visos esquivos
del futuro, como bien que hacía en su antigua vida al servicio del Lado
Luminoso... Pero no, cada vez que intentaba anticipar sucesos, hechos pasados
acudían a su memoria, pero protagonizados por nuevas caras, como si su propia
historia estuviera produciéndose en otro tiempo, con otros actores.
Pese a la interrupción de sus
pensamientos, Vader permaneció dentro de la cápsula negra de mantenimiento de
su soporte vital artificial. Era el único sitio, durante el viaje espacial, en
que podía liberarse del claustrofóbico casco de respiración asistida, permitiendo
a su afectada faringe respirar directamente el aire ionizado y depurado por la
cápsula. A veces, si el viaje era largo y nada requería su atención, era capaz
de llegar a sentirse humano otra vez.
Una lucecita roja empezó a
parpadear a su derecha, acompañada de un suave zumbido. El comandante de la
nave acudía a informarle de la llegada al sistema, lo cual le irritó
profundamente, pese a ser el procedimiento apropiado y acordado cuando él se
encontraba en la nave. Activó con la Fuerza la apertura de la cápsula, mientras
el sistema automático volvía a encajarle la parte superior de su máscara. Su
asiento en el suelo giró para presentarse ante el temeroso oficial. Al menos eso
esperaba encontrarse, pero en su lugar, el hombre parecía en realidad más
nervioso que asustado. Impaciente. Apresurado.
—Mi Lord, una flotilla de extrañas
naves ha llegado al mismo tiempo que nosotros al sistema —dijo de un tirón,
dejando de lado toda ceremonia y silencios de cortesía—. No las detectamos en
nuestras pantallas, pero se ven a simple vista. No sabemos si van armadas, ni siquiera
si nos están apuntando...
—Eso es imposible —dijo Vader,
descruzando sus piernas robóticas y poniéndose en pie con lentitud. Extendió su
mente más allá de las paredes externas de la gigantesca nave, hacia el espacio.
Nada, las únicas formas de vida dentro de naves que detectaba eran las de los
otros destructores imperiales—. ¿Alguna comunicación?
—De inmediato he solicitado
mandarles un mensaje de advertencia, apremiándoles a desalojar el sistema. No
han respondido aún.
El viejo comandante se frotó con
el dedo índice de su mano derecha el fino bigote cano, como si le picara o
molestara. Luego pasó las yemas del índice y el pulgar enguantados por ambas
mitades. Sin duda debía ser una serie de gestos propios de su nerviosismo.
—Vamos al puente.
—Nuestras pantallas no los
detectan —insistió el comandante, mientras seguía de cerca a Vader, un paso por
detrás y por su derecha. Le costaba seguir el paso rígido y acelerado del Lord
Sith—. Los radares, nada; Las termografías, nada. Y está claro que tienen
propulsores, pero no los detectamos, tampoco. Acaban de salir del hiperespacio,
de modo que pueden venir desde cualquier sitio. No llevan distintivos, y el
tipo de fuselaje de esas naves no podemos reconocerlo con nuestros registros
industriales galácticos...
—No existe nada como lo que me
describe, comandante —le interrumpió Vader, haciendo crepitar su voz grave y
robótica.
Siguieron avanzando por la nave,
mientras tropas imperiales y oficiales se cuadraban a su paso. Vader sentía el
terror en la mayoría, y leía la mezcla de pensamientos que le describían en los
rumores: algún tipo de extraño alienígena con poderes siniestros que ocultaba
su horrible apariencia bajo el traje; quizá una máquina fría y cruel, con
conciencia propia... O un hombre enfermo y torturado. Sólo la última se
aproximaba a la verdad.
Cuando llegaron al puente, Darth
Vader se adelantó hasta el amplio ventanal desde el que se veía el destructor
imperial entero, extendiéndose por debajo. También veía dos de los destructores
hermanos, a babor, algo adelantados hacia el planeta Nakt-Dalar. Más lejos,
cerca del planeta colonial Nakt-Salar, la flotilla de desconocidas naves: una
gigantesca gema de vidrio negro con propulsores de fuego verde incrustados en
uno de los extremos de su forma elíptica, alrededor de la cual se dispersaban
sin ningún orden aparente otras formas elípticas y esféricas del mismo
material. La gran gema negra tenía un tamaño aproximado de la mitad de uno de
los destructores del Imperio. No parecían una amenaza considerable, a simple
vista.
—Preparen todos los turboláser,
apunten a la nave principal —ordenó sin pensarlo más—. Todos los destructores.
—De inmediato. Nuestro destructor
ya está preparado para el combate. ¿Abrimos fuego?
—No creo que disparar sirva de
nada, comandante —hizo crepitar su voz, aceleradamente—. Mire eso. Creo que
esas naves tienen el fuselaje recubierto de cristal de concentración de láser.
— ¿El material de las viejas
espadas láser? ¿Es posible hacer eso, acumular tanto cristal?
—No lo sé, pero creo que eso es
lo que tenemos delante.
— ¿Para qué preparar las armas,
entonces? —preguntó temeroso el comandante, volviendo a atusarse el fino
bigote.
—Porque si esa nave es capaz de
disparar un haz de láser proporcional a su tamaño —empezó a explicar,
levantando una de sus manos enguantadas y señalándola—, la única manera de
neutralizar su capacidad es saturándola de nuestro propio fuego. No le
causaremos daños, pero evitaremos que efectúe un disparo.
—Pero... ¿qué hay de las de menor
tamaño?
—No tendrán la misma facilidad
para atravesar nuestros escudos, ni ocasionar daños serios. Preocúpese de la
nave principal, comandante Caisien, y comuníqueles a los demás la misma orden.
Que todos los destructores preparen sus batallones de cazas —exigió de nuevo,
mientras se volvía para abandonar el puente, dejando atrás al alarmado
comandante. Alzó la voz mientras se iba—. Y ordene que preparen mi nave. Iré en
solitario a Nakt-Salar. Se queda al mando, comandante Caisien. No me
decepcione.
El comandante escuchó al Lord Sith decir todo aquello
mientras miraba su larga capa ondear tras su rápido paso, hasta que giró a la
izquierda y desapareció. Entonces tragó saliva sonoramente, con la garganta muy
seca, y suspiró, buscando recomponerse para empezar a dar las órdenes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta lo que quieras, puto friki: