lunes, 12 de octubre de 2015

TORMENTO CREPUSCULAR II



Darth Vader realmente tenía malos presentimientos respecto a todo aquello. Su señor, El Emperador, había decidido oportunamente irse a visitar el desarrollo de los superdestructores en Fondor, abandonando así inmediatamente las proximidades del Espacio Salvaje. Para El Emperador era muy importante la pronta finalización de las nuevas y terribles naves, y no cabía duda de que la sola noticia de su inminente visita aceleraba considerablemente los ritmos de trabajo. Pero, ¿realmente se había ido por eso?
Vader había aprendido por sí solo a desconfiar. Había desconfiado incluso de aquellos que más había amado y respetado, hasta el punto de llegar a odiarlos verdaderamente... hasta el punto de matarlos. Y desconfiar de Lord Sidious era al menos tan fácil como hacerlo de cualquiera. Él le debía lealtad, y dependía de él, en cierto modo, como una balanza en la que sopesar el valor de sus sacrificios a la Fuerza por el Lado Oscuro, para servirse de él como báculo para no caer en una caótica espiral de continuas matanzas durante la irresistible corriente en la que podía convertirse el deseo de más poder. Pero no era estúpido, y tenía presente que, al igual que él mismo, El Emperador tenía sus secretos, y que sin duda intrigaba contra todos, o como mínimo tenía planeadas sus contra-intrigas para defenderse de las intrigas de otros.
Si bien Darth Vader no había sabido nunca a las claras qué pretendía su señor con sus aparentemente más triviales decisiones, no se le escapaba que todas ellas tenían una poderosa razón de ser. Lo ladino de su ser se le antojaba según pasaba el tiempo más como una actitud de cobarde, por mucho que la prudencia fuera aconsejable desde la posición de líder del recién nacido Primer Imperio Galáctico, del cual aún estaban forjándose sus cimientos. Y desaparecer en su Destructor Estelar tras desdeñar las amenazas de un Jedi Oscuro era otra de esas acciones contradictorias e irritantes en extremo, de las que solía hacer gala el tan temido Emperador Palpatine.
Vader había recibido orden de volver de inmediato al sistema Nakt y rastrear los escasos planetas. Él estaba seguro de que no estaba por allí cerca la mujer, pues una presencia tan poderosa como para arrasar un planeta entero y manipular como un mecanismo de reloj una mente humana no pasaría desapercibido para su sensibilidad a la Fuerza. El Emperador había insistido, revelándole que un ser capaz de dominar la Fuerza podía ocultarse a cualquier percepción.
—Mi señor... ¿Cómo podría ser eso posible? ¡¿Yo... o ni siquiera vos... ninguno seríamos capaces de detectarla?! —Había preguntado durante su reunión en el Sombra 52, totalmente incrédulo.
—Yo mismo he ocultado mis capacidades de la Orden Jedi durante cerca de 50 años —había replicado El Emperador volviéndose lentamente para mirarle con uno de sus enfermizos ojos anaranjados desde el filo de su capucha, con una sonrisa torcida—. Cohabitando en el mismo planeta, relacionándonos durante largas reuniones casi diarias... Créeme, mi viejo amigo... ¡Se puede hacer!
Y por eso estaba de vuelta. El Emperador había dicho que nada los vencería mientras estuvieran juntos... pero él estaba a media galaxia de distancia, tras devolverle a ese sistema, con la probable idea de hacer saltar la trampa de la desconocida Sith. En cierto modo, Darth Vader seguía siendo el discípulo del Emperador, así que no le quedaba otra que asumirlo como una prueba más que superar.
Cinco destructores del Imperio salieron del hiperespacio en las proximidades del devastado planeta Nakt-Dalar. Darth Vader pudo sentir enseguida la peste a terrible poder que aún desprendía el mundo radiactivo. El remanente de Fuerza del Lado Oscuro era tan intenso que le sacó de su estado de meditación, una costumbre Jedi a la que no era capaz de renunciar, tan obcecado como estaba en ser capaz de discernir visos esquivos del futuro, como bien que hacía en su antigua vida al servicio del Lado Luminoso... Pero no, cada vez que intentaba anticipar sucesos, hechos pasados acudían a su memoria, pero protagonizados por nuevas caras, como si su propia historia estuviera produciéndose en otro tiempo, con otros actores.
Pese a la interrupción de sus pensamientos, Vader permaneció dentro de la cápsula negra de mantenimiento de su soporte vital artificial. Era el único sitio, durante el viaje espacial, en que podía liberarse del claustrofóbico casco de respiración asistida, permitiendo a su afectada faringe respirar directamente el aire ionizado y depurado por la cápsula. A veces, si el viaje era largo y nada requería su atención, era capaz de llegar a sentirse humano otra vez.
Una lucecita roja empezó a parpadear a su derecha, acompañada de un suave zumbido. El comandante de la nave acudía a informarle de la llegada al sistema, lo cual le irritó profundamente, pese a ser el procedimiento apropiado y acordado cuando él se encontraba en la nave. Activó con la Fuerza la apertura de la cápsula, mientras el sistema automático volvía a encajarle la parte superior de su máscara. Su asiento en el suelo giró para presentarse ante el temeroso oficial. Al menos eso esperaba encontrarse, pero en su lugar, el hombre parecía en realidad más nervioso que asustado. Impaciente. Apresurado.
—Mi Lord, una flotilla de extrañas naves ha llegado al mismo tiempo que nosotros al sistema —dijo de un tirón, dejando de lado toda ceremonia y silencios de cortesía—. No las detectamos en nuestras pantallas, pero se ven a simple vista. No sabemos si van armadas, ni siquiera si nos están apuntando...
—Eso es imposible —dijo Vader, descruzando sus piernas robóticas y poniéndose en pie con lentitud. Extendió su mente más allá de las paredes externas de la gigantesca nave, hacia el espacio. Nada, las únicas formas de vida dentro de naves que detectaba eran las de los otros destructores imperiales—. ¿Alguna comunicación?
—De inmediato he solicitado mandarles un mensaje de advertencia, apremiándoles a desalojar el sistema. No han respondido aún.
El viejo comandante se frotó con el dedo índice de su mano derecha el fino bigote cano, como si le picara o molestara. Luego pasó las yemas del índice y el pulgar enguantados por ambas mitades. Sin duda debía ser una serie de gestos propios de su nerviosismo.
—Vamos al puente.
—Nuestras pantallas no los detectan —insistió el comandante, mientras seguía de cerca a Vader, un paso por detrás y por su derecha. Le costaba seguir el paso rígido y acelerado del Lord Sith—. Los radares, nada; Las termografías, nada. Y está claro que tienen propulsores, pero no los detectamos, tampoco. Acaban de salir del hiperespacio, de modo que pueden venir desde cualquier sitio. No llevan distintivos, y el tipo de fuselaje de esas naves no podemos reconocerlo con nuestros registros industriales galácticos...
—No existe nada como lo que me describe, comandante —le interrumpió Vader, haciendo crepitar su voz grave y robótica.
Siguieron avanzando por la nave, mientras tropas imperiales y oficiales se cuadraban a su paso. Vader sentía el terror en la mayoría, y leía la mezcla de pensamientos que le describían en los rumores: algún tipo de extraño alienígena con poderes siniestros que ocultaba su horrible apariencia bajo el traje; quizá una máquina fría y cruel, con conciencia propia... O un hombre enfermo y torturado. Sólo la última se aproximaba a la verdad.
Cuando llegaron al puente, Darth Vader se adelantó hasta el amplio ventanal desde el que se veía el destructor imperial entero, extendiéndose por debajo. También veía dos de los destructores hermanos, a babor, algo adelantados hacia el planeta Nakt-Dalar. Más lejos, cerca del planeta colonial Nakt-Salar, la flotilla de desconocidas naves: una gigantesca gema de vidrio negro con propulsores de fuego verde incrustados en uno de los extremos de su forma elíptica, alrededor de la cual se dispersaban sin ningún orden aparente otras formas elípticas y esféricas del mismo material. La gran gema negra tenía un tamaño aproximado de la mitad de uno de los destructores del Imperio. No parecían una amenaza considerable, a simple vista.
—Preparen todos los turboláser, apunten a la nave principal —ordenó sin pensarlo más—. Todos los destructores.
—De inmediato. Nuestro destructor ya está preparado para el combate. ¿Abrimos fuego?
—No creo que disparar sirva de nada, comandante —hizo crepitar su voz, aceleradamente—. Mire eso. Creo que esas naves tienen el fuselaje recubierto de cristal de concentración de láser.
— ¿El material de las viejas espadas láser? ¿Es posible hacer eso, acumular tanto cristal?
—No lo sé, pero creo que eso es lo que tenemos delante.
— ¿Para qué preparar las armas, entonces? —preguntó temeroso el comandante, volviendo a atusarse el fino bigote.
—Porque si esa nave es capaz de disparar un haz de láser proporcional a su tamaño —empezó a explicar, levantando una de sus manos enguantadas y señalándola—, la única manera de neutralizar su capacidad es saturándola de nuestro propio fuego. No le causaremos daños, pero evitaremos que efectúe un disparo.
—Pero... ¿qué hay de las de menor tamaño?
—No tendrán la misma facilidad para atravesar nuestros escudos, ni ocasionar daños serios. Preocúpese de la nave principal, comandante Caisien, y comuníqueles a los demás la misma orden. Que todos los destructores preparen sus batallones de cazas —exigió de nuevo, mientras se volvía para abandonar el puente, dejando atrás al alarmado comandante. Alzó la voz mientras se iba—. Y ordene que preparen mi nave. Iré en solitario a Nakt-Salar. Se queda al mando, comandante Caisien. No me decepcione.
El comandante escuchó al Lord Sith decir todo aquello mientras miraba su larga capa ondear tras su rápido paso, hasta que giró a la izquierda y desapareció. Entonces tragó saliva sonoramente, con la garganta muy seca, y suspiró, buscando recomponerse para empezar a dar las órdenes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comenta lo que quieras, puto friki: