lunes, 12 de octubre de 2015

LA NINFA OSCURA III



Le llevó dos de los días de 52 horas de Nakt-Salar el recuperar la energía suficiente para incorporarse: apenas separó los hombros del precario lecho de mantas sobre el suelo, apoyándose en los codos. La cabeza le pesaba como si fueran tres pendiendo del mismo cuello. Tenía calor, a pesar de que estaba completamente desnuda y descubierta. Su carne estaba impregnada de diminutas piedras cristalinas de sudor, que devolvían hechos extraños brillos los rayos de la luz del sol amarillo del sistema que entraba por los ventanucos. Probó a frotar una pierna contra otra, y las miles de gotitas temblaron y echaron a rodar en distintas direcciones. No le dolía nada, pero veía con claridad cómo había perdido buena parte de su masa muscular, devorada por la alta temperatura que había generado en su cuerpo su intensa concentración.
Nunca antes había hecho tal alarde de sus capacidades en la Fuerza, y ese sobresfuerzo, el más notable de cuantos había tenido conocimiento directo en su vida (era bastante escéptica con respecto a las bravuconadas de sus homólogos Sith masculinos de la Región Desconocida y las proezas antiguas de personajes de leyenda), casi la había consumido.
A saber: se había desconfigurado atómicamente a sí misma desde aquel mismo habitáculo para volver a conformarse físicamente en el planeta de los wentklyt, la inmunda bola de polución que era Nakt-Dalar, en ese mismo sistema del Espacio Salvaje; luego, había provocado la fusión de los núcleos de energía de sus generadores haciendo vibrar con fuerza las moléculas de las barras de mineral radiactivo; en cuanto todas las fuentes de energía desaparecieron en explosiones cataclísmicas de cientos de kilómetros de alcance, empuñó telequinéticamente el polvo radiactivo generado y barrió con ello, en la forma de poderosos vendavales, toda la superficie del planeta… Hasta consumir por completo, oleada tras oleada de veneno radiactivo, corrosivo, todo rastro de vida y civilización de la esfera planetaria de Nakt-Dalar.
Aguantar allí en estado de meditación Sith durante días hasta la llegada de las tropas de asalto fue lo más fácil, a pesar de llevar muy mal todo lo que concierne a pasar hambre o sed, o a contener cualquiera de sus apetitos, en honor a la verdad. Pero mayor era su ansia de venganza, y disfrutó lo indecible, más que con la devastación de la raza wentklyt, hurgando en la mente de aquel soldado imperial que sería su mensajero, hasta destrozarla completamente y recomponerla como un sencillo ordenador que funcionara en modo de espera hasta recibir los estímulos adecuados. Sin duda sus capacidades no conocían parangón.
—Mi señora oscura, Darth Syn, disculpadme. —La interrumpió en la apreciación de sus recientes hazañas la voz de su sirviente zeltron, que entraba con la cabeza baja sosteniendo ante sí una bandeja colmada de distintas clases de frutos silvestres importados y alguna clase de carne guisada humeante—. Os traigo alimento, mi señora. Debéis encontraros aún muy débil. Habéis perdido una buena cantidad de masa corporal…
El esclavo zeltron se había ido acercando despaciosamente hacia el lecho, hincándose de rodillas al llegar junto a su señora Sith, quien aún descansaba desnuda sobre los codos, mirándole con la cabeza ladeada con desidia, los labios entreabiertos permitiendo a su lengua roja, tras la línea de albura de la dentadura, saborear el aroma de los manjares que se le presentaban tan oportunamente. Inhaló el aire de manera consciente, apreciando la pureza, su fuerte contraste con el del planeta de los extintos wentklyt; una pureza que inmediatamente se estaba contaminando a un peligroso nivel con el aroma de los víveres que se le ofrecían, pero aún más con el de quien los portaba. Su sirviente (quizá sin querer, aunque era poco probable) la estaba desbordando con el hedor de su virilidad semidesnuda, llevada hasta su boca junto al de la comida por la suave corriente de aire que recorría la habitación de la puerta hacia la ventana.
Darth Syn cerró un momento la boca interrumpiendo su respiración agitada, haciendo a la lengua impregnarle el paladar de los sabores, antes de volver a abrirla.
—Ank —pronunció ella apenas susurrando, con una gruesa gota de salivación derramándose viscosa de su pálido labio ceniciento— Ank Sinuk, escúchame: deja eso a un lado y mírame, siervo.
El zeltron dejó reposar la bandeja a la derecha de sus piernas dobladas. Miró a su señora Sith a los ojos. Sus finas cejas blancas se arqueaban interrogantes mientras de la boca dejaba colgar la punta roja oscura de su lengua, bajo la cual se escurría un largo hilo de baba. Él era zeltron, y su control de la estimulación hormonal de otros humanoides, especialmente de las hembras, era algo inherente a su naturaleza. Pero la atracción que sobre él ejercía a su vez su señora, por mucho que él hiciera alarde de sus feromonas, era muy superior. No sabía discernir si era un efecto consciente que ella ejercía sobre él utilizando la Fuerza, quizá un remanente hormonal de su más que probable ascendencia zeltron, o que simplemente ella le encantaba, pero no era capaz de ofrecer resistencia a sus actitudes lascivas.
De pronto, cuando él ya no se sentía capaz de contenerse más, su señora Sith le echó ambas manos a su melena de cabello azul oscuro, largo y lacio, y tiró con fuerza de él obligándole a dejarse rodar por encima de su cuerpo desnudo hasta caer de espaldas al otro lado. Ella se le puso encima de inmediato, envolviéndole las piernas con las suyas. A pesar de haber adelgazado lo impensable desde antes de que se fuera a su secreta campaña, seguía manteniendo una recia musculatura que le disuadía de todo intento de oponerse a su manejo, aunque tampoco es que tuviera en absoluto esa intención.
Ella le inundó el paladar con su lengua, sellando sus labios y obligándole a respirar agitado por la nariz. El olor del sudor de su extraña piel le embargó, sobreexcitando todo su sistema. Eso aún hizo más intenso el manifestarse de su entusiasmo, que notaba apretado bajo su ropa contra la pelvis de su ama. Le asió de las muñecas, obligándole a tener los brazos junto al cuerpo, las manos rodeando las rodillas de la Sith.
Empezó a succionar con avidez cuanto su esclavo zeltron salivaba, mientras movía las caderas apretándose contra él, aplastando entre los vientres de ambos el latiente órgano endurecido, y empujando suavemente los dídimos con la parte baja de sus nalgas, a lo que el humanoide de piel roja respondió pasando rápidamente sus manos por los muslos de ella hasta envolvérselas y ayudarla a hacer más impetuosa su presión. Ella tiró más fuerte de su melena, al punto de hacerle gemir de verdadero dolor, como si se tratara del pelaje de un bantha que intentara dominar, al tiempo que aún se desbocaba más y frotaba con violencia su sexo cálido y húmedo contra el antagónico.
— ¡Ahhh! —no pudo por menos que quejarse el esclavo zeltron, debatido entre el picante dolor de sus cabellos estirados y el estimulante y reconfortante masaje del cuerpo de la mestiza—. Mi señora, por favor, debería centrarse en recuperar las fuerzas… —consiguió decir, más bien balbucear, sometido de cuerpo y mente como estaba quedando.
Darth Syn estiraba sobre la mente de su esclavo su propia conciencia, compartiendo y absorbiendo todas las pequeñas chispas de placer que los cerebros de ambos recibían, como si fueran dos esponjas escurridas una contra la otra, que exudaran y a la vez absorbieran sus sensaciones. Era una de sus habilidades favoritas… como tantas otras, desarrollada de manera autodidacta.
Y fue eso, junto con una más que probable burbuja de ocultación a las variaciones de la Fuerza, lo que permitió que llegaran hasta la puerta de su habitación sin que ella (y ni mucho menos su, cautivado por la situación, esclavo) pudiera predecir la brutal irrupción.
La puerta fue arrancada de sus rústicos goznes de un poderoso empujón de la Fuerza, saliendo disparada contra la Sith y su esclavo, en un obvio intento de resultar una mortal arma arrojadiza. Pero los reflejos de Darth Syn les salvó a ambos la vida: sin moverse lo más mínimo, aún con su lengua hundida todo lo hondo que era capaz en la rendida boca de su esclavo, con los ojos repentinamente abiertos en rabioso trance, detuvo la hoja hecha de la madera amarilla de los árboles nativos, así como repelió, mejor dicho anuló por completo la potencia cinética en las moléculas del mismo aire que la rodeaba, logrando que ni siquiera una voluta de soplo impulsado por el uso de la Fuerza del atacante tocara a ninguno de los dos. Darth Syn dejó la puerta caer por su peso apenas a un metro de ellos, mientras rodaba sobre su costado izquierdo para dejar atrás a su esclavo e incorporarse con paso decidido, mientras entraban dos esclavos Sith disparando a discreción contra ella con blásteres de repetición personales.
La mujer desnuda extendió ambas manos sin dejar de avanzar, disipando ante sus palmas los rápidos destellos rojos de los láseres primero, para luego empezar a hacerlos volverse contra quienes los disparaban. Pero sus armaduras integrales negras gozaban de los versátiles generadores de disrupción de fuego desintegrador diseñadas para las tropas de esclavos Sith de la Región Desconocida, con lo que sus propios disparos desaparecían en diminutas chispas antes de siquiera tocarles: un enfrentamiento absurdo e inútil. Darth Syn no perdió tiempo y los hizo estrellarse el uno contra el otro a una velocidad mayor que la del sonido usando su telequinesis, dejándolos como un solo cuerpo de armadura negra de ocho extremidades retorcidas que supuraba sangre lentamente por estrechos resquicios tras esparcir gruesos chorros y trozos de entrañas hacia distintas partes del aposento en el momento del impacto. Uno de los esclavos destrozados aún se lamentaba dentro de su armadura aplastada y soldada con la de su homólogo, gimiendo y rugiendo lastimeramente a través del respirador de su casco.
— ¡Mi señora! —exclamó Ank Sinuk a sus espaldas, entre aturdido e impresionado, despatarrado de miedo e impotencia en el lecho de mantas.
— ¡No te muevas de ahí, esclavo! —rugió su ama sin siquiera mirarle, aún con las manos abiertas hacia delante como si siguiera deteniendo disparos desintegradores.
Su ama Darth Syn tenía todo su bello cuerpo mermado por las fiebres de los últimos dos días, habiendo adelgazado lo impensable, casi hasta la extenuación; pero ahí de pie, dándole la espalda, en un estado total de tensión, Ank Sinuk podía distinguir cada tendón y músculo marcado en su oscura piel grisácea y brillante, una musculatura poderosísima que la hacía vérsela capaz de arrancar los colmillos a un rancor sin usar más que sus propias manos… Sabía, al mirarla, que no había desaparecido el peligro; leía, escrita en su cuerpo, la ansiosa sed de asesinato que caracterizaba a su ama ante cada oponente, independientemente de que fuera digno o no de enfrentársele, de que fuera peligroso como un verdugo para el condenado o tan débil que solo fuera víctima impotente.
Darth Syn ignoró los balbuceos del esclavo que agonizaba enredado a su compañero, manteniendo la mirada fija más allá del quicio de la entrada al habitáculo. Se escuchaban voces de distintas criaturas, los demás inquilinos de la posada, probablemente alertados por el sonido de disparos y estruendo metálico. Bajo el arco irregular excavado en la roca rojiza-anaranjada se detuvo un zabrak ataviado con amplias ropas oscuras Sith, lo bastante ostentoso como para que Darth Syn  reconociera en él a uno más de tantos de sus homólogos masculinos: presuntuosos, orgullosos, vanagloriados, confiados hasta el punto de resultar peligrosamente audaces en el peor de los casos y absurdamente negligentes, incautos, en el mejor...
Su atuendo, aunque le otorgaba movilidad, sin duda era pesado y excesivo para la alta temperatura ambiental de Nakt-Salar: un conjunto de pantalones abombados, altas botas negras y una túnica cerrada, del mismo color negro, larga hasta las rodillas. No iba encapuchado, de modo que lucía sus tres gruesos y cortos cuernos dispuestos de manera asimétrica coronando su frente, con el pelo rapado alrededor de ellos, como para asegurar que nadie los ignorara, dejándose nacer un cabello castaño a mitad del cráneo, largo hasta los hombros, sobre los que se agitaba libre a cada leve movimiento.
— ¿Así quieres morir? ¿Asesinada desnuda mientras fornicas con tu esclavo? ¿Dónde está la dignidad del Sith, su pudor...? —rugió el zabrak con severidad.
—Así se labran los zabraks su fama de grandes guerreros, matando a traición a sus enemigos en su peor momento...
El zabrak frunció el ceño visiblemente, enfurecido por ese modo de llamarle cobarde, a él y a su raza.
—Yo no tengo peor momento que este, zabrak, y aun así voy a tener tu espina dorsal entre mis dedos en unos momentos...
El Sith zabrak encendió su sable láser rojo al tiempo que saltaba hacia delante usando su velocidad de la Fuerza. Darth Syn simplemente reaccionó igual de rápido pero acercándosele lo suficiente para que su ataque quedara a su espalda. Le bloqueó el brazo por la muñeca con su mano derecha mientras con la izquierda le daba un fortísimo golpe ascendente en el codo estirado. No usó la Fuerza para el ataque, su sola fortaleza física y habilidad bastaron para que la articulación se descoyuntara y se partieran los huesos, que brotaron a través de la carne y la ropa oscura del Sith. El zabrak aulló mutilado, su sable liberado rebotó en el suelo oscuro de piedra esmerilada, desactivado.
Darth Syn pateó una de las piernas del Sith desde detrás para obligarle a arrodillarse. Le asió de la nuca y le obligó a adelantar la cabeza, mientras se le inclinaba hasta acercar su boca a su oído.
—Deja de quejarte y siente esto.
Darth Syn empezó a cantar en aguda estridencia a todo el ser del zabrak. Una técnica que había desarrollado empleando la propia telequinesis natural junto a la doctrina de cánticos conjurados de las brujas de Dathomir, mujeres con un dominio inusualmente desatado de la Fuerza. Literalmente estaba pidiéndole a cada molécula de su víctima que le obedeciera, y de este modo se abrió por sí sola la espalda del macho zabrak, partiéndose en el proceso toda unión natural de costillas y esternón, así como abriéndose grotescamente de hombros, rasgando los ropajes oscuros y holgados.
El guerrero Sith permanecía consciente en todo momento, con los dientes tan apretados que le sangraban las encías, incluso pudo sentir las manos impiadosas de la Sith desnuda escarbándole dentro para asir su espina dorsal a pesar de todo el dolor que estaba soportando.
—Te lo dije. —Le volvió a susurrar ella al oído, antes de tirar con fuerza con ambas manos, apoyando su pie izquierdo en la espalda ensangrentada.
El Sith notó un terrible chasquido, infinitamente doloroso, detrás de donde empezaba la garganta, y todo se apagó para él.
Ank Sinuk aún seguía tirado en el mismo lugar y postura, mirando a su ama allí de pie, desnuda completamente, duchada en sangre oscura y con una espina dorsal entre sus manos, de la que colgaban marañas de nervios y delgados trocitos de conductos sanguíneos.
—Mi señora... Creo que deberíamos largarnos cuanto antes... —dijo Ank sabiendo que era una apreciación totalmente innecesaria, la suya.
—No antes de que me haya satisfecho completamente... —sentenció ella, desviando su mirada del trofeo en sus manos hacia su esclavo, recuperando una expresión lasciva que casi era la misma que la de su hambre de asesinato.

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