Le llevó dos de los días de 52 horas de Nakt-Salar el
recuperar la energía suficiente para incorporarse: apenas separó los hombros
del precario lecho de mantas sobre el suelo, apoyándose en los codos. La cabeza
le pesaba como si fueran tres pendiendo del mismo cuello. Tenía calor, a pesar
de que estaba completamente desnuda y descubierta. Su carne estaba impregnada
de diminutas piedras cristalinas de sudor, que devolvían hechos extraños
brillos los rayos de la luz del sol amarillo del sistema que entraba por los
ventanucos. Probó a frotar una pierna contra otra, y las miles de gotitas
temblaron y echaron a rodar en distintas direcciones. No le dolía nada, pero
veía con claridad cómo había perdido buena parte de su masa muscular, devorada
por la alta temperatura que había generado en su cuerpo su intensa
concentración.
Nunca antes había hecho tal
alarde de sus capacidades en la Fuerza, y ese sobresfuerzo, el más notable de
cuantos había tenido conocimiento directo en su vida (era bastante escéptica
con respecto a las bravuconadas de sus homólogos Sith masculinos de la Región
Desconocida y las proezas antiguas de personajes de leyenda), casi la había
consumido.
A saber: se había desconfigurado
atómicamente a sí misma desde aquel mismo habitáculo para volver a conformarse
físicamente en el planeta de los wentklyt, la inmunda bola de polución que era
Nakt-Dalar, en ese mismo sistema del Espacio Salvaje; luego, había provocado la
fusión de los núcleos de energía de sus generadores haciendo vibrar con fuerza
las moléculas de las barras de mineral radiactivo; en cuanto todas las fuentes
de energía desaparecieron en explosiones cataclísmicas de cientos de kilómetros
de alcance, empuñó telequinéticamente el polvo radiactivo generado y barrió con
ello, en la forma de poderosos vendavales, toda la superficie del planeta…
Hasta consumir por completo, oleada tras oleada de veneno radiactivo,
corrosivo, todo rastro de vida y civilización de la esfera planetaria de
Nakt-Dalar.
Aguantar allí en estado de
meditación Sith durante días hasta la llegada de las tropas de asalto fue lo
más fácil, a pesar de llevar muy mal todo lo que concierne a pasar hambre o
sed, o a contener cualquiera de sus apetitos, en honor a la verdad. Pero mayor
era su ansia de venganza, y disfrutó lo indecible, más que con la devastación
de la raza wentklyt, hurgando en la mente de aquel soldado imperial que sería
su mensajero, hasta destrozarla completamente y recomponerla como un sencillo
ordenador que funcionara en modo de espera hasta recibir los estímulos
adecuados. Sin duda sus capacidades no conocían parangón.
—Mi señora oscura, Darth Syn,
disculpadme. —La interrumpió en la apreciación de sus recientes hazañas la voz
de su sirviente zeltron, que entraba con la cabeza baja sosteniendo ante sí una
bandeja colmada de distintas clases de frutos silvestres importados y alguna
clase de carne guisada humeante—. Os traigo alimento, mi señora. Debéis
encontraros aún muy débil. Habéis perdido una buena cantidad de masa corporal…
El esclavo zeltron se había ido
acercando despaciosamente hacia el lecho, hincándose de rodillas al llegar
junto a su señora Sith, quien aún descansaba desnuda sobre los codos, mirándole
con la cabeza ladeada con desidia, los labios entreabiertos permitiendo a su
lengua roja, tras la línea de albura de la dentadura, saborear el aroma de los
manjares que se le presentaban tan oportunamente. Inhaló el aire de manera
consciente, apreciando la pureza, su fuerte contraste con el del planeta de los
extintos wentklyt; una pureza que inmediatamente se estaba contaminando a un
peligroso nivel con el aroma de los víveres que se le ofrecían, pero aún más
con el de quien los portaba. Su sirviente (quizá sin querer, aunque era poco
probable) la estaba desbordando con el hedor de su virilidad semidesnuda,
llevada hasta su boca junto al de la comida por la suave corriente de aire que
recorría la habitación de la puerta hacia la ventana.
Darth Syn cerró un momento la
boca interrumpiendo su respiración agitada, haciendo a la lengua impregnarle el
paladar de los sabores, antes de volver a abrirla.
—Ank —pronunció ella apenas
susurrando, con una gruesa gota de salivación derramándose viscosa de su pálido
labio ceniciento— Ank Sinuk, escúchame: deja eso a un lado y mírame, siervo.
El zeltron dejó reposar la
bandeja a la derecha de sus piernas dobladas. Miró a su señora Sith a los ojos.
Sus finas cejas blancas se arqueaban interrogantes mientras de la boca dejaba
colgar la punta roja oscura de su lengua, bajo la cual se escurría un largo
hilo de baba. Él era zeltron, y su control de la estimulación hormonal de otros
humanoides, especialmente de las hembras, era algo inherente a su naturaleza.
Pero la atracción que sobre él ejercía a su vez su señora, por mucho que él
hiciera alarde de sus feromonas, era muy superior. No sabía discernir si era un
efecto consciente que ella ejercía sobre él utilizando la Fuerza, quizá un
remanente hormonal de su más que probable ascendencia zeltron, o que
simplemente ella le encantaba, pero no era capaz de ofrecer resistencia a sus
actitudes lascivas.
De pronto, cuando él ya no se
sentía capaz de contenerse más, su señora Sith le echó ambas manos a su melena
de cabello azul oscuro, largo y lacio, y tiró con fuerza de él obligándole a
dejarse rodar por encima de su cuerpo desnudo hasta caer de espaldas al otro
lado. Ella se le puso encima de inmediato, envolviéndole las piernas con las
suyas. A pesar de haber adelgazado lo impensable desde antes de que se fuera a
su secreta campaña, seguía manteniendo una recia musculatura que le disuadía de
todo intento de oponerse a su manejo, aunque tampoco es que tuviera en absoluto
esa intención.
Ella le inundó el paladar con su
lengua, sellando sus labios y obligándole a respirar agitado por la nariz. El
olor del sudor de su extraña piel le embargó, sobreexcitando todo su sistema.
Eso aún hizo más intenso el manifestarse de su entusiasmo, que notaba apretado
bajo su ropa contra la pelvis de su ama. Le asió de las muñecas, obligándole a
tener los brazos junto al cuerpo, las manos rodeando las rodillas de la Sith.
Empezó a succionar con avidez
cuanto su esclavo zeltron salivaba, mientras movía las caderas apretándose
contra él, aplastando entre los vientres de ambos el latiente órgano
endurecido, y empujando suavemente los dídimos con la parte baja de sus nalgas,
a lo que el humanoide de piel roja respondió pasando rápidamente sus manos por
los muslos de ella hasta envolvérselas y ayudarla a hacer más impetuosa su
presión. Ella tiró más fuerte de su melena, al punto de hacerle gemir de
verdadero dolor, como si se tratara del pelaje de un bantha que intentara
dominar, al tiempo que aún se desbocaba más y frotaba con violencia su sexo
cálido y húmedo contra el antagónico.
— ¡Ahhh! —no pudo por menos que
quejarse el esclavo zeltron, debatido entre el picante dolor de sus cabellos
estirados y el estimulante y reconfortante masaje del cuerpo de la mestiza—. Mi
señora, por favor, debería centrarse en recuperar las fuerzas… —consiguió
decir, más bien balbucear, sometido de cuerpo y mente como estaba quedando.
Darth Syn estiraba sobre la mente
de su esclavo su propia conciencia, compartiendo y absorbiendo todas las
pequeñas chispas de placer que los cerebros de ambos recibían, como si fueran
dos esponjas escurridas una contra la otra, que exudaran y a la vez absorbieran
sus sensaciones. Era una de sus habilidades favoritas… como tantas otras,
desarrollada de manera autodidacta.
Y fue eso, junto con una más que
probable burbuja de ocultación a las variaciones de la Fuerza, lo que permitió
que llegaran hasta la puerta de su habitación sin que ella (y ni mucho menos
su, cautivado por la situación, esclavo) pudiera predecir la brutal irrupción.
La puerta fue arrancada de sus
rústicos goznes de un poderoso empujón de la Fuerza, saliendo disparada contra
la Sith y su esclavo, en un obvio intento de resultar una mortal arma
arrojadiza. Pero los reflejos de Darth Syn les salvó a ambos la vida: sin
moverse lo más mínimo, aún con su lengua hundida todo lo hondo que era capaz en
la rendida boca de su esclavo, con los ojos repentinamente abiertos en rabioso
trance, detuvo la hoja hecha de la madera amarilla de los árboles nativos, así
como repelió, mejor dicho anuló por completo la potencia cinética en las
moléculas del mismo aire que la rodeaba, logrando que ni siquiera una voluta de
soplo impulsado por el uso de la Fuerza del atacante tocara a ninguno de los
dos. Darth Syn dejó la puerta caer por su peso apenas a un metro de ellos,
mientras rodaba sobre su costado izquierdo para dejar atrás a su esclavo e
incorporarse con paso decidido, mientras entraban dos esclavos Sith disparando
a discreción contra ella con blásteres de repetición personales.
La mujer desnuda extendió ambas
manos sin dejar de avanzar, disipando ante sus palmas los rápidos destellos
rojos de los láseres primero, para luego empezar a hacerlos volverse contra
quienes los disparaban. Pero sus armaduras integrales negras gozaban de los
versátiles generadores de disrupción de fuego desintegrador diseñadas para las
tropas de esclavos Sith de la Región Desconocida, con lo que sus propios
disparos desaparecían en diminutas chispas antes de siquiera tocarles: un
enfrentamiento absurdo e inútil. Darth Syn no perdió tiempo y los hizo
estrellarse el uno contra el otro a una velocidad mayor que la del sonido
usando su telequinesis, dejándolos como un solo cuerpo de armadura negra de
ocho extremidades retorcidas que supuraba sangre lentamente por estrechos
resquicios tras esparcir gruesos chorros y trozos de entrañas hacia distintas
partes del aposento en el momento del impacto. Uno de los esclavos destrozados
aún se lamentaba dentro de su armadura aplastada y soldada con la de su
homólogo, gimiendo y rugiendo lastimeramente a través del respirador de su
casco.
— ¡Mi señora! —exclamó Ank Sinuk
a sus espaldas, entre aturdido e impresionado, despatarrado de miedo e
impotencia en el lecho de mantas.
— ¡No te muevas de ahí, esclavo!
—rugió su ama sin siquiera mirarle, aún con las manos abiertas hacia delante
como si siguiera deteniendo disparos desintegradores.
Su ama Darth Syn tenía todo su
bello cuerpo mermado por las fiebres de los últimos dos días, habiendo
adelgazado lo impensable, casi hasta la extenuación; pero ahí de pie, dándole
la espalda, en un estado total de tensión, Ank Sinuk podía distinguir cada
tendón y músculo marcado en su oscura piel grisácea y brillante, una
musculatura poderosísima que la hacía vérsela capaz de arrancar los colmillos a
un rancor sin usar más que sus propias manos… Sabía, al mirarla, que no había
desaparecido el peligro; leía, escrita en su cuerpo, la ansiosa sed de
asesinato que caracterizaba a su ama ante cada oponente, independientemente de
que fuera digno o no de enfrentársele, de que fuera peligroso como un verdugo
para el condenado o tan débil que solo fuera víctima impotente.
Darth Syn ignoró los balbuceos
del esclavo que agonizaba enredado a su compañero, manteniendo la mirada fija
más allá del quicio de la entrada al habitáculo. Se escuchaban voces de
distintas criaturas, los demás inquilinos de la posada, probablemente alertados
por el sonido de disparos y estruendo metálico. Bajo el arco irregular excavado
en la roca rojiza-anaranjada se detuvo un zabrak ataviado con amplias ropas
oscuras Sith, lo bastante ostentoso como para que Darth Syn reconociera en él a uno más de tantos de sus
homólogos masculinos: presuntuosos, orgullosos, vanagloriados, confiados hasta
el punto de resultar peligrosamente audaces en el peor de los casos y
absurdamente negligentes, incautos, en el mejor...
Su atuendo, aunque le otorgaba
movilidad, sin duda era pesado y excesivo para la alta temperatura ambiental de
Nakt-Salar: un conjunto de pantalones abombados, altas botas negras y una
túnica cerrada, del mismo color negro, larga hasta las rodillas. No iba
encapuchado, de modo que lucía sus tres gruesos y cortos cuernos dispuestos de
manera asimétrica coronando su frente, con el pelo rapado alrededor de ellos,
como para asegurar que nadie los ignorara, dejándose nacer un cabello castaño a
mitad del cráneo, largo hasta los hombros, sobre los que se agitaba libre a
cada leve movimiento.
— ¿Así quieres morir? ¿Asesinada
desnuda mientras fornicas con tu esclavo? ¿Dónde está la dignidad del Sith, su
pudor...? —rugió el zabrak con severidad.
—Así se labran los zabraks su
fama de grandes guerreros, matando a traición a sus enemigos en su peor
momento...
El zabrak frunció el ceño
visiblemente, enfurecido por ese modo de llamarle cobarde, a él y a su raza.
—Yo no tengo peor momento que
este, zabrak, y aun así voy a tener tu espina dorsal entre mis dedos en unos
momentos...
El Sith zabrak encendió su sable
láser rojo al tiempo que saltaba hacia delante usando su velocidad de la
Fuerza. Darth Syn simplemente reaccionó igual de rápido pero acercándosele lo
suficiente para que su ataque quedara a su espalda. Le bloqueó el brazo por la
muñeca con su mano derecha mientras con la izquierda le daba un fortísimo golpe
ascendente en el codo estirado. No usó la Fuerza para el ataque, su sola
fortaleza física y habilidad bastaron para que la articulación se descoyuntara
y se partieran los huesos, que brotaron a través de la carne y la ropa oscura
del Sith. El zabrak aulló mutilado, su sable liberado rebotó en el suelo oscuro
de piedra esmerilada, desactivado.
Darth Syn pateó una de las
piernas del Sith desde detrás para obligarle a arrodillarse. Le asió de la nuca
y le obligó a adelantar la cabeza, mientras se le inclinaba hasta acercar su
boca a su oído.
—Deja de quejarte y siente esto.
Darth Syn empezó a cantar en
aguda estridencia a todo el ser del zabrak. Una técnica que había desarrollado
empleando la propia telequinesis natural junto a la doctrina de cánticos
conjurados de las brujas de Dathomir, mujeres con un dominio inusualmente
desatado de la Fuerza. Literalmente estaba pidiéndole a cada molécula de su
víctima que le obedeciera, y de este modo se abrió por sí sola la espalda del
macho zabrak, partiéndose en el proceso toda unión natural de costillas y
esternón, así como abriéndose grotescamente de hombros, rasgando los ropajes
oscuros y holgados.
El guerrero Sith permanecía
consciente en todo momento, con los dientes tan apretados que le sangraban las
encías, incluso pudo sentir las manos impiadosas de la Sith desnuda
escarbándole dentro para asir su espina dorsal a pesar de todo el dolor que
estaba soportando.
—Te lo dije. —Le volvió a
susurrar ella al oído, antes de tirar con fuerza con ambas manos, apoyando su
pie izquierdo en la espalda ensangrentada.
El Sith notó un terrible
chasquido, infinitamente doloroso, detrás de donde empezaba la garganta, y todo
se apagó para él.
Ank Sinuk aún seguía tirado en el
mismo lugar y postura, mirando a su ama allí de pie, desnuda completamente,
duchada en sangre oscura y con una espina dorsal entre sus manos, de la que
colgaban marañas de nervios y delgados trocitos de conductos sanguíneos.
—Mi señora... Creo que deberíamos
largarnos cuanto antes... —dijo Ank sabiendo que era una apreciación totalmente
innecesaria, la suya.
—No antes de que me haya satisfecho completamente...
—sentenció ella, desviando su mirada del trofeo en sus manos hacia su esclavo,
recuperando una expresión lasciva que casi era la misma que la de su hambre de
asesinato.
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